Relojero-público

Julio César, el cubano que arregla los relojes gigantes de las ciudades cubanas

Julio César Valiño no es un relojero más, de esos que se sientan en una mesita a cambiar baterías. A él le gustan los relojes gigantes que adornan los edificios. Hubo una época en que fueron comunes en Cuba, pero quedan muy pocos, la mayoría sin funcionar. De ahí que Julio se haya propuesto devolverles la vida a todos los que pueda.

A él se debe que el reloj de la antigua estación de ferrocarriles de Sagua la Grande haya vuelto a dar la hora exacta tras décadas de abandono. Cuando se decidió a arreglarlo la máquina estaba tan lastimada que más que un arreglo fue casi un acto de resurrección.

Por eso se siente como el padre del enorme reloj del edificio y, aunque vive en un pueblo vecino, siempre llama por teléfono a un amigo para que le avise si las manecillas están marcando la hora correcta. Si existe algún problema (porque alguien le dio cuerda al revés u otro motivo) enseguida se presenta en la ciudad y lo soluciona. Afirma que nadie mejor que él entiende ese mecanismo y no le pesa.

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La pasión por los relojes le nació siendo apenas un niño. Su abuelo puso un reloj Westclock sobre un saco de abono que lo pudrió y Julio César lo sintió como un crimen.

La pasión por los relojes le nació siendo apenas un niño

Sin embargo, no tuvo la oportunidad de aprender el oficio hasta después de terminar su carrera de Ingeniería Civil. El mejor relojero de Cifuentes le enseñó los rudimentos del oficio y lo demás lo fue aprendiendo con la práctica.

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Comenzó con los relojes de péndulo y después se interesó por los públicos, porque en el fondo son muy parecidos. Maquinarias que pueden funcionar eternamente con sólo cambiar las piezas que se desgastan y darle mantenimiento adecuado.

En Cuba hay relojes públicos de hasta 200 años, se emplazaron para que fueran casi eternos, no para ser sustituidos; y si la mayoría no funciona hoy se debe a la desidia y no a la calidad de las maquinarias.

Gracias a Julio César, Sagua la Grande es una de las pocas ciudades de Cuba en la que sus dos centenarios relojes públicos aún funcionan. Cuando dijo que iba a arreglarlos le dijeron que no se podía, luego que no valía la pena y por último que cuánto cobraba por el trabajo. No cobró nada, los echó a andar y para él fue pago suficiente.

Fuente: On Cuba

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