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Pedro Juan Gutiérrez, el escritor cubano que ha retratado la más cruda realidad cubana y cuyos libros son casi prohibidos en la isla

Gabriel García Márquez fue, sin saberlo, el responsable de su solidaridad con los periodistas. Pedro Juan Gutiérrez, uno de los escritores cubanos vivos más leídos en la actualidad, intentó entrevistar para la revista Bohemia a Gabo que por aquellos años noventa pasaba largas temporadas en La Habana. “Cada vez que llamaba para concretar la entrevista me contestaba su esposa, Mercedes. Me decía: ‘Se está duchando’. La tercera vez que me dijo lo mismo, respondí: ‘pues se va a desteñir’. No le gustó y sin decirme nada me colgó. No llamé más. Recuerdo ese episodio y cuando me piden entrevistas, no miro si es de un medio grande o pequeño. Las concedo siempre”.


Nació en Matanzas el 27 de enero de 1950. Antes de vivir de sus libros, editados en 23 idiomas, fue obrero agrícola, albañil, dirigente sindical, profesor de dibujo técnico, locutor, periodista, actor de radio y artista plástico. Hizo el servicio militar como soldado raso en el batallón de zapadores, en el campo de la demolición.

Prácticamente autodidacta, se licenció en Periodismo en 1978 en un curso especial para trabajadores. Iba a clases los miércoles y el resto corría por su cuenta. Trabajó en la entonces Agencia de Información Nacional y en la revista Bohemia. En la primavera de 1985 entrevistó en Moscú al cosmonauta ruso Yuri Romanenko. En los ochenta realizó reportajes arriesgados en cárceles, las favelas de Brasil, la frontera de Estados Unidos y México y en el sur de España. Por ellos ganó el Premio Nacional de Periodismo. El salario rendía y podía salir a comer o alojarse en un hotel de playa.

Con la caída del bloque soviético, que derivó en el “Periodo Especial”, la vida cambió. También para Pedro “Guan”, como pronuncian sus vecinos. Con más tiempo libre –y una vida personal desastrosa– enfrentaba sus demonios escribiendo la cotidianidad de su barrio, a rebosar de antihéroes.

Prácticamente autodidacta, se licenció en Periodismo en 1978 en un curso especial para trabajadores

De ese laboratorio surgió la Trilogía Sucia de La Habana. Publicada en 1998 por editorial Anagrama, el éxito fue instantáneo y el 11 de enero de 1999, Bohemia lo despidió. Sin pretenderlo, se encontró dueño de su tiempo, viviendo frenéticamente y publicando libros cada año, escribiendo poesía y bebiendo.

Nunca fue claramente prohibido, pero sus libros apenas se publicaban en Cuba. Eso ha cambiado. En el último lustro la Casa de las Américas le organizó una presentación. En el 2015, ediciones Unión publicó Dialogo con mi sombra, en el que se entrevistó a sí mismo y definió su relación con el Pedro Juan literario. “No somos amigos, ni hermanos, ni amantes, ni compañeros de viaje, ni colegas de esquizofrenia. No. Yo soy yo. Y él es mi sombra. Aunque el señor tiene su ego bien montado, y si se le pregunta dirá que es todo lo contrario: ‘Yo soy yo, y el señor Gutiérrez es mi sombra’”. Este año presentó en la Feria del Libro de La Habana Fabián y el caos.

Ediciones Unión lo define como “uno de los escritores más talentosos de la actual narrativa latinoamericana”. La editora de la Unión de Escritores y Periodistas de Cuba (UNEAC) publicó Melancolía de los Leones (2000); Nuestro GG en La Habana (2006); El Rey de La Habana (2009); Carne de perro (2012); El insaciable hombre araña y Dialogo con mi sombra (2015) y El nido de la serpiente, memorias del hijo del heladero (2016).

En 2007 publicó en España Corazón mestizo. El delirio de Cuba, un libro de viajes que, como en otros, tiene su dosis autobiográfica mezclada con un tratado de sociología. Animal tropical, por su parte, se desarrolla en la playa de Guanabo, la más popular entre los habaneros. Unión prepara tres títulos más.

Nunca fue claramente prohibido, pero sus libros apenas se publicaban en Cuba

Gutiérrez no tiene nada de divo. Vive en el mismo apartamento de Centro Habana desde hace treinta años, donde, además, tiene una terraza –en una azotea compartimentada– con acceso visual a las de sus vecinos, al mar que baña el malecón, y a centenares de tejados característicos de la capital de Cuba. Ese espacio vital está salpicado de plantas –en su mayoría cactus que resisten mejor el salitre y los vientos– en macetas y envases mayoritariamente pintados de blanco. Por la mañana el sol le pega fuerte, pero la tarde permite atardeceres sombreados y muy agradables.

No tiene coche ni teléfono móvil. Disfruta de la playa y de los amigos, más bien pocos, pero buenos. Su conversación es entretenida, chispeante e inteligente. Camina, o toma taxis, como muchos de sus compatriotas. Nada en su persona lo hace destacar, disfruta de un anonimato que le permite mimetizarse con el ambiente para observar y documentarse.

Es de los que bajan a las calles, las recorren y las viven. Las más transitadas por él han sido las de Centro Habana. Calles y personajes que inundan sus libros. No dejan a nadie indiferente, ni siquiera en los últimos textos donde ha suavizado el lenguaje. Las descripciones de ambientes marginales son tan reales que se palpan, se sienten y se huelen. Por eso no hay término medio. Provocan amor u odio.

Escrito por | Redacción - AHP

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