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La desconocida historia del Romeo y la Julieta cubana que más que un cuento de amor merecen una película humorística

Aunque la historia de los Montesco y los Capuletos se desarrolla en Venecia, al norte de la península itálica, en nuestra isla también existieron un Romeo y una Julieta.

En la calle San Baustista, en la actualidad llamada Luis Estévez de la provincia de Villa Clara existe una casa que durante años ha sido conocida como el terror de los villaclareños ingenuos. Esta era llamada “La casa de los huesos”.

La historia cuenta que en la época colonial, en Villa Clara existieron un Romeo y una Julieta, aunque no vivieron un trágico fin como los amantes de Verona. Estos enamorados villaclareños tienen muchas similitudes con los creados por Shakespeare, sobre todo la escena del balcón en la que Romeo comete un delicioso delito agravado durante la noche y utilizando el escalamiento.

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Antonio era un mozo decidido, fuerte y bien plantado y sus ojos se habían enamorado de la figura que para él era prohibida. Se cuenta que el párroco de su iglesia lo había llamado a recapacitar sobre los riesgos que traería su fijación pero al contrario de hacerle caso, Antonio respondía utilizando las frases que tan bien conocía: “El confesor me dice / que no la quiera. / Y yo le digo: Padre, / ¡si usted la viera!”.

La doncella por la que suspiraba Antonio era una bella dama llamada Mercedes. Su padre había resultado ser el alcalde ordinario de la Villa. Este era un hombre que poseía un muy mal carácter y era muy celoso de la honra y reputación de su hija.

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Mercedes correspondía ardorosamente el sentimiento por Antonio y este, cierto día descubrió que sería muy fácil escalar el balcón de la que iluminaba su alma. También pensó en que las tinieblas de la noche los protegerían.

Sin embargo, Antonio no previó que frente a la casa de Mercedes vivía una señora ya mayor que padecía insomnio por lo que siempre estaba mirando hacia afuera y además tenía mucha fama de ser cotilla.

Cierta madrugada fue visto Antonio vestido con una capa siniestra y un sombrero negro llegar a casa de esta señora, a la cual le extendería un bulto que llevaba en las manos pidiéndole que se lo guardara.

Al otro día después de esto dicha señora se preparaba para mudarse debido a que Antonio le dio temprano en la mañana a guardar un bulto que contenía una calavera y dos tibias. Así fue castigada por no respetar el onceno mandamiento: “No pasmarás”.

Así fue que los amantes pudieron ser felices sin interrupciones y por toda la provincia de Santa Clara se esparció el rumor de que habían almas en pena que iban repartiendo huesos humanos.

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