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Kirman, el joven escultor autodidacta que vive de vender sus tallas al turismo al borde de una carretera cubana

Cuando era apenas un niño, Kirman Méndez realizó su primera talla casera en una gubia. Fue una pieza imperfecta, mínima, pero a él le pareció la más hermosa del mundo. Convertido ya en un escultor experto, todavía la recuerda a sus 33 años como una de sus creaciones más queridas.


En ese entonces, en la zona donde vivía, sólo su primo José Luis realizaba esculturas de madera. Era toda una odisea, un “arte oculto”, pues si era sorprendido por la policía era multado e incluso se lo llevaban detenido.

Represalias que nunca entendieron José Luis y Kirman, pues para sus creaciones sólo recogían algunos palos del monte o las partes duras de los palos que desechaban los carpinteros en su trabajo.

A pesar de la insensata persecución, Kirman, José Luis y otros jóvenes del lugar convirtieron en oficio su afición por la escultura y persistieron en él. A ambos lados de la Carretera Central se paraban con sus esculturas y se las vendían a los turistas que pasaban.

Kirman, José Luis y otros jóvenes del lugar convirtieron en oficio su afición por la escultura y persistieron en él

En esos años Kirman estudiaba licenciatura en Cultura Física en la ciudad de Camagüey; pero pronto comprendió que la cuenta y el tiempo no daban y decidió dejar la carrera para dedicarse por completo a la escultura y poder ganarse la vida.

Tanto él, como casi todos los que se ganan el sustento de esa forma, nunca han estudiado en una escuela de arte. Han aprendido con la práctica, ayudándose los unos a los otros a corregir los defectos de sus piezas.

Finalmente, el mismo día que por fin el Estado cubano lo autorizó a trabajar legalmente, Kirman levantó un puestecito al borde de la Carretera Central en medio de la inmensidad de la llanura del Camagüey para vender sus piezas.

Sus primeros y más numerosos clientes fueron los cubanoamericanos; pero en la actualidad los que más compran son los chinos. A ellos les encantan, sobre todo, las piezas hechas con guayacán que sin barnizarse tienen un hermoso color metálico y son muy olorosas.

Tanto él, como casi todos los que se ganan el sustento de esa forma, nunca han estudiado en una escuela de arte

El turismo ha sido para ellos una bendición. A pesar de estar literalmente en el “fin del mundo”, Kirman y los demás escultores creen que pueden competir con ventaja por ser “primera mano”. Sus precios son siempre más competitivos que los que ofrecen los puestos de artesanos en las grandes ciudades.

Gracias a su arte, Kirman ha podido seguir viviendo en el mismo lugar donde nació, un pueblo apartado, carente de todo, donde las únicas opciones que les quedan a los jóvenes suelen ser la agricultura o la emigración.

Escrito por | Redacción

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