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Algunas curiosidades sobre la historia de la fotografía en Cuba que seguro no conoces

 


Cuba fue el segundo país del mundo y el primero de Hispanoamérica en contar con un estudio fotográfico, pues la novedad llegó a la Isla en fecha tan temprana como el 3 de enero de 1841.

El pionero que introdujo el arte de la fotografía en la Isla fue el daguerrotipista estadounidense George W. Halsey, quien instaló su estudio en la azotea del Real Colegio de Conocimientos Útiles en la calle Obispo No. 26 entre Cuba y Aguiar en La Habana.

Tanto furor causó la novedad en la sociedad habanera de este descubrimiento realizado en Francia dos años antes que pronto otros emularon a Halsey, entre ellos el hijo de un capitán general que encargó un equipo completo a París, con tan mala fortuna que, como consecuencia de la travesía, llegó completamente arruinado.

Tuvieron que pasar dos años para que un natural de la Isla pudiera tomar una fotografía con daguerrotipo. El mérito correspondió a Esteban de Arteaga, quien aprendió la técnica en París y a quien en justicia se puede designar como el primer fotógrafo cubano.

Tan empresario como artista, Arteaga montó también el primer estudio propiedad de un cubano en Lamparilla 71 y allí tomó incontables instantáneas en blanco y negro como coloreadas, vendió cámaras e impartió clases de fotografía.

Pero si en Lamparilla se es.

tableció el primer estudio fotográfico cubano, O´Reilly fue la calle de los fotógrafos. En ninguna otra calle de la colonia se concentraron como allí. Así lo revela una guía comercial de 1899 que refleja la existencia de 112 de esos artistas del lente en La Habana (la mayoría en O´Reilly) y 219 en todo el país.

Se debe aclarar que esos locales se autodenominaban galerías y no estudios. Casi siempre estaban en las plantas altas para estar más cerca de la luz y se orientaban al norte con ese mismo objetivo.

Todo tipo de material de utilería se acumulaba en ellos para poder representar escenas al gusto del cliente. Casi todas las galerías contaban, además, con un pintor para retocar las fotos o colorearlas si así quería el que pagaba el servicio.

Las galerías hacían uso de los “sostenedores”, unas varillas metálicas que corrían del pie al cuello y que ayudaban al retratado a permanecer inmóvil durante el tiempo que duraba capturar la imagen (entre ¼ y ½ minuto).

Como las fotografías resultaban bastante caras, sólo los que tenían los mayores ingresos podían aspirar a perdurar de esa forma en el recuerdo de sus descendientes. Ser retratado constituía entonces un signo de status y prestigio.

Con la aparición del fotograbado la fotografía tomó por asalto la prensa y surgieron los fotógrafos de calle que se buscaban la vida vendiendo sus instantáneas a los periódicos. Gracias a ellos han llegado hasta nosotros las imágenes de los gloriosos mambises cubanos que pelearon en la Guerra del 95.

Uno de los más famosos fue Gómez de la Carrera, toda una celebridad en los campamentos insurrectos. Siempre era bien recibido por los jefes mambises que posaban con todo su estado mayor para el artista.

Sin embargo, su pesado equipo le impedía tomar fotografías de combates reales; algo que sí consiguieron los fotógrafos estadounidenses durante la guerra contra España.

Tras el hundimiento del acorazado Maine, Randoll Hearst, dueño del New York Journal envío a Cuba un yate especial con redacción flotante y taller de fotografía para ganar a la competencia en el tiempo de publicación de las fotografías.

Frederic Remington observó que La Habana estaba tranquila y que la tensión entre yanquis y españoles sólo existía en la prensa norteamericana, así que aburrido telegrafió a su jefe: “No habrá guerra, deseo regresar”.

A lo que este le respondió tajante: “Permanezca ahí. Haga usted las fotos, que yo haré la guerra”.

Escrito por | Redacción

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