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El curioso origen del dicho cubano “Chivo que rompe tambor, con su pellejo lo paga”

En Cuba, cuando alguien desea enfatizar que las malas acciones acarrean malas consecuencias suele decir “chivo que rompe tambor, con su pellejo lo paga”. El origen de este popular dicho se encuentra en la ciudad de Santiago de Cuba, allá por la medianía del siglo XIX.


Cuenta la leyenda que en esa época las guarniciones españolas que custodiaban esa plaza carecían de bandas de música y se servían para las marchas y ejercicios de modestos conjuntos que, en muchas ocasiones, estaban compuestos de simples paisanos.

En uno de estos regimientos, el Sicilia, había un tambor de origen gallego (no el instrumento, sino el que lo tocaba) llamado Dositeo Muguercia, que era alto y fuerte como un toro y bruto como él solo. Un día la charanga de la que formaba parte fue a dar un concierto en casa de un comandante de batallón para hacer unos pesos extras; pero en durante un intermedio, mientras los músicos le echaban algo a la barriga, un hijo del comandante, en compañía de un negrito esclavo de la casa, comenzaron a tocar el gran tambor del gallego.

Dositeo, al oír sonar a su instrumento, decidió ver quién era el atrevido y los dos muchachos, que conocían las malas pulgas del gallego echaron a correr como alma que lleva el diablo; con tan mala suerte que el hijo del comandante tropezó con una silla que arrastró al tambor y lo desguabinó todo.

El gallego se puso hecho una furia y empezó a demandar que le dijeran quién había sido el culpable de semejante felonía. El negrito, que era esclavo pero no bobo, le dijo entonces que la mascota del comandante, un chivo que pastaba tranquilamente en el patio había sido el culpable de la destrucción del tambor.

“¿Ah, sí?”, gritó el gallego, y como un toro miura avanzó hacia el patio de la casa gritando: “¡chivo que rompe tambor, con su pellejo lo paga!”; mientras le asestaba un sillazo tras otro en la cabeza al pobre animal que quedó convertido en una piltrafa.

Allí mismo se formó la de San Quintín, y hasta preso fue el gallego Dositeo por matar a la mascota del comandante. Con el tiempo la frase se popularizó y musicalizó y ha llegado hasta nuestros días, como sinónimo de justicia, cuando el pobre chivo, en verdad, no tenía la más mínima culpa.

Escrito por | Redacción

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