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Miguel García, el cubano que se ha pasado su vida buscando tesoros (sin encontrar ninguno)

Miguel García Ferro lleva toda su vida buscando tesoros en el extremo más occidental de Cuba. Armado de machete y jolongo, se hace al monte todos los días para rebuscar en la infinidad de cuevas que existen en la región. Nunca ha tenido suerte, pero no se rinde. Está seguro que el día menos pensado se dará de bruces con la fortuna.


Su primera expedición, de las centenares que ha emprendido a lo largo de su vida, ocurrió hace más de 30 años. Se encontraba en casa de unos amigos en el poblado de Sandino, Pinar del Río, cuando escuchó hablar del tesoro de la catedral de Mérida. Desde entonces, encontrar esa fortuna perdida se convirtió en su obsesión.

Buscó información y con un jolongo en el que apenas llevaba unos panes con jamonada y un poco de arroz se fue a la península de Guanahacabibes. No tuvo suerte, pero se prometió que encontraría el tesoro de todas todas. Y en eso lleva más de 30 años.

Encontrar un tesoro se convirtió en una obsesión para él. Consiguió un trabajo en la zona y nunca más regresó a su casa del poblado de Altagracia en Camagüey. Cuando en 2003 lo peritaron por un accidente de trabajo buscar la fortuna oculta se convirtió en su única ocupación.

El tesoro de Mérida es una de las leyendas más conocidas en el occidente de Pinar del Río. Muchos aseguran que se encuentra escondido en Guanahacabibes, pero que se encuentra maldito. Por eso, todos los que han tenido la suerte de toparse con él han terminado muertos antes de poder extraerlo.

Pero Miguel, a quien todos conocen como Tulupío, no cree en maldiciones, sólo en los peligros del monte. Una vez casi muere de sed, pues estuvo cuatro días perdidos. Sin embargo, eso ya no le pasa, pues ha aprendido a orientarse por el sol y el sonido de las olas.

En sus expediciones en busca de tesoros suele pasar más de un mes en la península, alimentándose de majás, jutías e iguanas que mata a machetazos, y durmiendo en las innumerables cavernas que existen en el lugar.

Con el paso de los años otros cazadores de tesoros, armados con detectores de metales y tecnología moderna han comenzado a competir con Manuel. Que se sepa ninguno ha tenido suerte y casi todos han desistido. Todos menos Manuel, que ya es casi una especie de reliquia de la península, como si fuera parte del paisaje.

Escrito por | Redacción

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