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La historia de Leo, el cubano con dos títulos universitarios que prefiere vender maní

Leo es un cubano que aprovechó las facilidades que en Cuba tienen sus ciudadanos para estudiar. Se graduó como ingeniero agrónomo y luego hizo también la carrera de Socioculturales. Sin embargo, terminó con una lata metálica con carbón caliente en su base, vendiendo cucuruchos de maní por toda la ciudad de Pinar del Río.


Es lo único que ha hecho en los últimos años. Gracias a eso ha podido sostener económicamente a su familia y, poco a poco, ir comprando los materiales necesarios para construir su casita.

No se avergüenza en lo absoluto de su trabajo. Desde niño aprendió a buscarse la vida sólo: estuvo seis años becado y afirma que puede contar con los dedos las veces que sus padres fueron a visitarlo en la escuela. Con doce años trabajaba como un animal en su beca y en una tarde, con un hambre de mil demonios, llenaba 20 cajas de cítricos sin recibir ni un peso a cambio.

Eran los primeros años del Período Especial y recuerda la beca como un infierno. Un infierno al que sobrevivió para entrar en la universidad a estudiar Agronomía.

Cuando faltaban dos años para que terminara la carrera recibió la noticia de que iba a ser padre. De inmediato buscó un trabajo particular en un quiosco vendiendo pan con tortilla, mientras trataba de finalizar sus estudios.

A Leo podemos encontrarlo vendiendo maní por las calles de Pinar del Río

Vivía en una choza con paredes de guano y piso de tierra sin electricidad ni baño, en condiciones infrahumanas. Allí recibió a su hija y en las paredes de guano colgó su primer título, el de ingeniero agrónomo.

Creyó que esa carrera sería la puerta al éxito que le permitiría cambiar de vida y comenzó a trabajar para el Estado. Fue profesor de Mecanización Agrícola, de Computación y de Física. Las autoridades de Educación le cubrieron de diplomas y reconocimientos, pero siguió viviendo en su piso de tierra y entre sus paredes de guano.
Viendo la inutilidad de sus esfuerzos y el drama de su familia se dedicó a rellenar fosforeras los fines de semana mientras mantenía su vínculo laboral con el Estado de lunes a viernes. Quería seguir “trabajando”, aunque en la concreta no le servía para nada, pues eran las fosforeras las que encendían los fogones de su casa y le ponían comida encima.

Un día dijo basta y pidió la baja. Con los ingresos que le proporcionó su pequeño negocio armó un bicitaxi y se dedicó a pedalear en busca del sustento diario por a pequeña ciudad de Pinar del Río.

Matriculó la carrera de Estudios Socioculturales por curso para trabajadores, pues no quería “embrutecerse” y estar todo el día dándole a los pedales no era, precisamente, el sueño de un profesional.

Leo compra y tuesta los maní en su propia casa

Venció la segunda carrera sin muchos problemas y obtuvo su segundo título. Sin embargo, no cometió el error de juventud de creer que trabajar para el Estado le iba a sacar de la pobreza; y desde 2010 se dedicó a vender maní. Cada cucurucho vendido se convirtió en materiales de construcción para poder construir una vivienda digna a su familia.

En ocasiones se siente triste. Sobre todo cuando algunos lo asumen como un ignorante por el hecho de verlo con una lata vendiendo maní y lo menosprecian. En esos momentos se acuerda de sus dos títulos y se propone volver a trabajar para el Estado… luego recuerda cómo vivía su familia con su sueldo de ingeniero y sigue tostando maní.

Fuente: El Toque

Escrito por | Redacción

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