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Guanabacoa: De San José a la Caridad

Desde la atropellada definición de sus abolengos, enmarcada, más bien, contenida en definiciones de una casta originaria y festoneada luego, con los sinsabores y ensueños de castellanas obediencias, de esclavas letanías que surcaron el ocre rebelde de su compostura, así, principió el vecindario, moradores dispares en su enjambre étnico, se depositaron y sedimentaron.

Cuencas humanas aletargadas y precisadas a contornear sus predios en el tiempo, delimitando arterias, estructura, poder, sembrando cortijos, deformando su virginidad y coexistiendo, a pesar del látigo, del tronco, de las enfermedades y la muerte: Guanabacoa.

Como se puede advertir, luego de su fundación como pueblo de indios y la posterior urbanización, se impuso la necesidad de supervivencia, de bienestar, y aunque no se define categóricamente en las fuentes consultadas, las usanzas concernidas a la salud y al tratamiento de dolencias en la población primaria, hija del cobre, en la epidermis de los arropados, se puede discurrir, gracias a la permanencia de ritos, costumbres, unidos a la sapiencia natural de su entorno, lo que le permitió a esta casta noble y por demás escaldada, tratar los males que le aquejaron, mas, el proceso de asentamiento de comarcanos, de origen ibérico, no se hizo esperar, como ya hemos comentado en disímiles artículos, por lo que la infraestructura de este sitio, encabezó su paulatino desarrollo. Los servicios públicos, entre ellos los médicos, se bosquejan hacia 1696, con la presencia de un maestro cirujano nombrado Doctor P. Herrera.

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Hacia 1711, ante la proliferación de curanderos, entre otros practicantes, sin el pertinente título o anuencia, se decidió establecer en La Habana, el bien distinguido, Tribunal del Protomedicato, encargado de calificar a todos los médicos, cirujanos, boticarios y barberos de la Isla, con el puntual objetivo de evitar perjuicio y menoscabos a la salud pública.Sin embargo, las disposiciones concernientes a las funciones del Protomedicato, se acogieron en Guanabacoa, a partir de una circular, razonada en la sesión oficial del cabildo local, y formalizada el 24 de diciembre, pero del año 1722. De igual manera, se acogió un extenso inventario, en la que se enumeraban los medicamentos y substancias consentidas para su conforme uso, así como, el coste de cada uno de ellos, por unidad de medida.

Es notable, que solo hasta el año 1758, fue que la localidad contó con un hospital, según datos ofrecidos por el investigador Núñez de Villavicencio, aunque dicha institución médica, solo ofrecería servicios a los hombres, la misma quedó establecida el 6 de marzo y fue bautizada como Hospital del Tránsito del Señor San José, quedando enclavada en la estancia El Zapote, propiedad del Obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz, lindante al pueblo. En cuanto a la asistencia a las féminas, esta sería irremediablemente postergada, para la siguiente centuria.

Establecida esta institución, se muestra un despertar en cuanto a materias de salud, por lo que el 2 de octubre de 1767, se presentó ante el cabildo el Doctor Don José de la Cruz, con el título de Fiscal del Protomedicato, para la zona de Guanabacoa, aunque para el 7 de agosto del mismo año, ya había propuesto sus asistencias, el señor Don Antonio de Fuentes, con su correspondiente título de farmacéutico.

Las actas del cabildo, durante las últimas tres décadas del siglo XVIII, acogen numerosas comparecencias de personalidades, facultadas convenientemente, las cuales, instaban conformidad y beneplácito, al gobierno local, para ejercer en la Villa, como médicos, cirujanos y boticarios.

Algo curioso que nos acercan los historiadores locales, es que el primer certificado médico consignado para documentar invalidez, del que se tiene referencias en Guanabacoa, data del 1ro de agosto de 1799; en él se acredita por el protomédico de Cumanayagua, Don Raymundo Gutiérrez, que el regidor fiel ejecutor de Guanabacoa, Don José Ignacio Guerrero, se hallaba inhabilitado para cometer acciones corporales debido a que “…tiene un testículo inflamado producto de una enfermedad venérea que contrajo.”

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El hospital para hombres “San José”, continuó prestando sus servicios durante el último tercio del siglo XVIII, su funcionamiento, se sustentaba con el caudal tributado por las contribuciones que liquidaban los diversos productores, entre ellos, el Gremio de Panaderos.

Sin embargo, para inicios del siglo XIX, contrastante centuria de revoluciones sociales, de alianzas y desencuentro entre la burguesía y el proletariado, donde corrientes como el materialismo dialéctico entroncarían el desarrollo y la evolución del propio hombre, etapa donde las ciencias, robustecidas con nuevas herramientas, enarbolarían sus adelantos, y los reflujos de la Revolución industrial, acentuarían la propagación de enfermedades infeccionas, como la tuberculosis, sobre todo, en la clase obrera, definió un nuevo panorama para la medicina mundial, haciendo figurar estudios como los de Rudolf Virchow, médico alemán, considerado “padre de la patología moderna” y fundador de la medicina social, pionero en la concepción de la teoría celular que acuñó el término omnis cellula ex cellula (toda célula proviene de otra célula), logrando desarrollar las disciplinas de higiene y medicina social, orígenes de la medicina preventiva actual, por otra parte, el médico y científico cubano Carlos Juan Finlay, descubre y expone la importancia del vector biológico, a través de la teoría metaxénica de la transmisión de enfermedades por agentes biológicos, aplicándola a la fiebre amarilla, transmitida por el mosquito Aedes aegypti o Culex. Sus disertaciones, lo llevaron a comprender que era la hembra fecundada de esta especie, la que transmitía la fiebre amarilla.

Sin embargo, Guanabacoa por entonces, solo contaba con el hospital para hombres, antes mencionado, que para 1825, poseía solo tres médicos, dos de ellos, expertos en medicina general, y otro en cirugía.[6] El inmueble donde se encontraba esta institución de salud, aún persiste en el tiempo. Luego, las mujeres, para la fecha, no poseían aún ningún hospital, se atestigua, sin embargo, que hacia 1820, la morena Eusebia Morga, residente de la calle del Camposanto, esquina a Amenidad, procuraba alojamiento en su morada, a dolientes femeninas.[7]

Solo por entonces fue que surgió la inquietud por disponer de un hospital, en el que se garantizaran auxilio y abrigo, a las mujeres que lo demandaran. El Ayuntamiento le requirió al párroco, un 9 de marzo de 1820, noticias sobre la parcela que este había elegido para la construcción de la mencionada institución.[8] La alquería en cuestión, es el espacio donde hoy podemos encontrar el Cuartel de Bomberos, sita en la calle Pepe Antonio, esquina a Calixto García.

El hospital para las féminas, al fin quedó constituido, ocho años después, en 1828, y recibió el nombre de “Nuestra Señora de la Asunción”. Su inauguración figura en el Acta del Cabildo, correspondiente al 5 de septiembre de 1828, en la que se refiere, la nueva del señor párroco, fechada, el 22 de agosto de ese año, “noticiando a este Ayuntamiento la operación del Hospital de Mujeres de esta Villa…”[9].

Para la segunda mitad del siglo XIX, conforme a las exigencias de una población, desenvuelta en sus menesteres, y ante la proliferación de dolencias y epidemias, lacerantes brotes que afectaron el ritmo cotidiano de la Villa, Guanabacoa acontecería, con la construcción de un nuevo hospital, durante el mandato del Teniente de Gobernador de Guanabacoa, Don Ramón Flores y Apodaca, convertido en preceptor de dicha institución. El 15 de agosto de 1854, se formaliza entonces, la ceremonia de afianzamiento del primer canto de esta obra, que en lo sucesivo, se le reconoció como el “Hospital de Caridad”[10]. Para su cimentación se eligieron los contornos ceñidos en la esquina de la Calzada de Luyanó y calle Barreto, quedando inaugurado, el 5 de abril de 1856.[11] El Hospital de Caridad, principiado por Flores y Apodaca, contempla orgulloso el devenir del tiempo, en siglos cobijado, contrafuerte memorable, que persiste en su legado, como médula de la salud pública local; en su espacio hoy encuentra enclavado el Policlínico “Ángel Machaco Ameijeriras”.

A pesar de los intentos de Apodaca y de otras personalidades, por ampliar los servicios de salud destinados al poblado, la propagación de infecciones y contagios, esgrimieron su acorde mortal en la vecindad, entre ellos, el sarampión, exantema desbordante, en la descamación oprobiosa de las pieles, y el cólera, situándose, desde su blanquecina acuosidad, en el tablado visceral de la historia local, sobre todo, a partir de su segundo advenimiento, hacia 1867, extendiéndose cual “fiebre álgida grave”, a lo largo de todo el año 1868, logrando asediar a una buena parte de la población, con su flujo virulento. Se desconoce o no se ha podido evaluar, ante la ausencia de estadísticas, la cifra exacta de víctimas ocasionadas por esta enfermedad. El cólera, mis estimados lectores, laceró el rostro esbelto de esta Villa, que a pesar de los espinosos derroteros, continuó germinando, en el tiempo preciso y descomunal de su historia.

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