Beach in Cayos Ana Maria, Ciego de Avila, Cuba.

Cayos de Ana María, refugio paradisíaco de la fauna cubana

Los cayos de Ana María son de esos lugares vírgenes de Cuba que a lo largo de miles de años se han ido poblando de la más variada flora y fauna insular. En ellos se puede apreciar en su estado primigenio cómo debió ser el archipiélago cubano antes de la llegada de los primeros hombres.

Ubicados en el golfo de igual nombre al sur de la central provincia de Ciego de Ávila, los cayos de Ana María constituyen hoy un importante refugio de la fauna cubana y cobijan numerosas especies de peces de altísimo valor comercial.

Bajo el cuidado de la Empresa Nacional para la Protección de la Flora y la Fauna, a los cayos sólo se puede llegar por vía marítima. Sin embargo por muchísimos años ha estado íntimamente relacionado con el poblado de Júcaro, la terminal marítima de Palo Alto y el Pedraplén sur en el municipio avileño de Venezuela.

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En sus árboles se refugian especies autóctonas de Cuba como la jutía conguina (Mesocrapromys pilorides angelcabrerai), una subespecie endémica local que se encuentra en peligro de extinción por la reducción de su hábitat y la acción predadora del hombre. Se estima que de este roedor que habita sólo en los cayos de mangle rojo sin tierra firme quedan menos de 400 ejemplares.

También en las aguas fangosas y los manglares de los Cayos de Ana María habitan el manatí y el cocodrilo americano; especies de moluscos y crustáceos como el camarón rosado y blanco, la langosta y la jaiba azul.

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Los cayos de Ana María tienen una superficie total de 19 100 hectáreas, de ellas 980 terrestres y el resto marítimas.

Entre los vertebrados endémicos que abundan en los cayos se encuentran también la iguana, el zunzún y el bobito chico, que le dan al lugar un encanto muy particular.

Tres de las cuatro tortugas marinas que habitan en Cuba: el carey, la verde y la caguama, visitan sus vírgenes playas para desovar.

Los cayos del sur de Ciego de Ávila, hoy zonas protegidas, estuvieron habitados por los grupos aborígenes cubanos que se dedicaban exclusivamente a la pesca y la caza. Muchos años después, durante la República, se asentaron en ellos familias de pescadores y carboneros que vendían sus productos en los poblados de la costa.

Estos pequeños cayos con nombre de mujer se consideran en la actualidad un corredor biológico que conecta el archipiélago de los Jardines de Reina con el sur de la isla grande.

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