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A bordo del Titanic…

Me imagino que el Titanic eleva el ancla y empieza a surcar los baches del camino. Me espera una larga travesía.


Mi Titanic no es el homólogo del famoso buque que se hundió en los mares, el mismo que inmortalizaron Leonardo Di Caprio y Kate Winslet en la película del mismo nombre.

Mi Titanic no es nada estético, en cambio, tiene un llamativo color amarillo adornado con letra rojas en las que se «leen móntate o te quedas» y  «recojo a la mayoría, así que en ponte en fila».

Mi Titanic es un camión que transporta pasajeros de La Habana a Matanzas. Como cada viernes, su punto álgido con respecto otros días de la semana, cientos de personas se trasportan, de forma alternativa, para sus hogares.

Es cierto, por lo menos se llega al destino deseado, pero muchas veces el viaje no es sinónimo de comodidad.

La historia no empieza a bordo del «buque» sino desde antes de zarpar.  A las 4 de la tarde el intermitente de Alamar es un hervidero de personas. La gente se amontonan en un reducido espacio, a pesar de que este sobra, pero esa hora todos se vuelven un poco místicos y adivinan el punto exacto donde el Titanic enclavará para recogernos.

Por fin, desde lejos se vislumbra la embarcación y ahí es cuando empieza la verdadera travesía, todos corren a alcanzarlo, incluso antes de que llegue. Rodean la embarcación sin ponerse a pensar que solo hay una puerta, aunque en mi interior creo que piensan montar por las ventanas.

Mi Titanic es un camión que transporta pasajeros de La Habana a Matanzas. -pinterest.com

Después de largo rato entre empujones, exclamación de todo tipo y gritos de apuro del chofer que cree que arrea al ganado vacuno, entramos en el Titanic. Todos a bordo, comienza el viaje.

La embarcación no cree en leyes espaciales, los limites se desconfiguran y solo prevalece el deseo de llegar pronto al lugar de destino. No puedes ver por la ventana, crees que te falta el aire y todo el paisaje son personas y más maletines.

Una hora más tarde, y en cada bache del camino, las personas se mueven como las olas del mar. En uno de esos vaivenes, una señora, con varios kilos de más, cae sobre mí.

Ahí me juro solemnemente que jamás me vuelvo a montar en un camión, pero enseguida vuelvo a la realidad. La próxima semana me espera otra travesía a bordo del Titanic.

Escrito por | Redacción - NGM

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