Benny Moré, el ídolo de multitudes más grande que ha dado Cuba

Benny Moré, el ídolo de multitudes más grande que ha dado Cuba
© Ibrahim Arce

Ya hace 57 años de la desaparición física del ídolo de multitudes más grande que ha dado Cuba: Benny Moré. No se trata de un músico más. Es, por unanimidad, el más genial artista popular que ha existido en la isla. Es el símbolo, el mito, la leyenda, como el resumen de la música popular cubana que es muy rica y abundante.

Benny simboliza el guateque campesino, el sarao, la bohemia, la descarga, el café, el bar, el teatro, la fiesta, los carnavales, el espectáculo. El Bárbaro del Ritmo, es lo máximo de la música popular.

Benny Moré fotografiado por Ibrahim Arce

Bartolomé Maximiliano Moré Gutiérrez nació 24 de agosto de 1919 en Santa Isabel de las Lajas. Fuente: Ibrahim Arce / Wikimedia.

Benny Moré: su humilde origen en Cienfuegos

Nació el 24 de agosto de 1919 a las 7:00 am. en el barrio Pueblo Nuevo del poblado de Santa Isabel de las Lajas, perteneciente a la provincia de Cienfuegos. Sus padres se llamaban Virginia Moré y Silvestre Gutiérrez. Benny fue el mayor de 18 hermanos. Su apellido Moré provenía de Ta Ramón Gundo Moré (esclavo del Conde Moré), quien según la tradición de los congos, fue su primer rey en Santa Isabel de las Lajas. Su padre no le dio el apellido a ninguno de sus hijos.

Este contexto fue definitivo para su futura carrera en la música, aprendió a tocar el insundi, los tambores de yuka, los de Makuta y Bembé, invocadores de deidades, con los cuales cantaba y bailaba a la perfección, sino también a interpretar el son, la guaracha y la rumba. Desde pequeño manifestó su gran vocación para la música, pues se pasaba todo el día tarareando una canción de moda o improvisando y dirigiendo conjuntos compuestos por machetes, bongoes hechos con latas de leche, guitarras fabricadas con una tabla y clavos con las cuerdas de hilo de cocer, dos palitos a manera de claves, etcétera. Y a los diez años de edad «rallaba» un tres «de verdad» que le habían prestado, con el cual se escapaba de su madre a las fiestas cercanas a su casa.

Siempre se le podía hallar de pie sobre una mesa cantando y versando un son manigüero, rodeado de oyentes. Pasó la infancia y adolescencia de Bartolomé, sin oportunidad de estudio o de empleo fijo. Al igual que su hermano Teodoro, Bartolomé fue matriculado en la Escuela de Instrucción Pública José de la Luz y Caballero, donde siempre se destacó por su conducta y aplicación.

Desde pequeño despuntaron en él aptitudes para el canto y la improvisación, lo que demostró cuando apenas con siete años escapaba para entretener Guateques y fiestas en las cercanías y quedarse entonando notas junto a la madre para evitar que durmiera mientras planchaba hasta altas horas de la noche.

Pacho Alonso, la Lupe y Benny Moré en 1959

Pacho Alonso, la Lupe y Benny Moré en 1959. Fuente: Santos / Wikimedia.

Su llegada a La Habana

Benny atravesó una vida complicada, pero estaba dispuesto a todo para lograr sus sueños de triunfo. Con casi veinte años de edad, en 1940 Bartolomé se despidió de su madre en el Hotel Ritz del Central Vertientes, donde ella trabajaba, y viajó escondido, indistintamente, en un tren y en un camión, a la Ciudad de La Habana. Venía definitivamente a probar fortuna a la bulliciosa ciudad.

Desde entonces se le vería por el célebre barrio de Belén, con una guitarra adquirida en una casa de empeños, vagando por cafés, bares, hoteles, restaurantes, y hasta prostíbulos. Ese mismo año le dijo a su primo, compañero de descargas: “Me quedo en La Habana, aquí me levanto o me hundo”. A partir de entonces comenzó la saga de las descargas por los bares de la avenida del puerto. Una vez recordando esos tiempos confesó: “Me lancé a la calle con una guitarra al hombro a cantarle a los turistas. No me avergüenzo de ello; Carlos Gardel también lo hizo en la Argentina y es el rey del tango”.

En esa época, en la emisora CMQ comenzó a radiarse la Corte Suprema del Arte. Bartolomé Maximiliano Moré se presentó a aquel programa que animaban Germán Pinelli y José Antonio Alonso. Después de presentarlo y al momento de iniciar su presentación, le tocaron la campana. Más tarde volvió Bartolomé a Monte y Prado a la Corte Suprema y en esta segunda ocasión ganó el primer premio. Poseedor de una voz fresca, de hermoso timbre, sensual y evocadora, de campesino negro, no obstante su miseria, Bartolo seguía cantando con toda la fuerza interior que le reclamaban los ritmos cubanos.

En una de sus correrías Siro Rodríguez, integrante del famoso Trío Matamoros, lo escuchó cantar en el bar del restaurante El Templete, de la Avenida del Puerto, y quedó muy impresionado por la voz y afinación del muchacho. La entrada de Bartolomé al conjunto de Miguel Matamoros se puede considerar su verdadero debut como cantante profesional, pues con dicha agrupación tuvo por primera vez un trabajo estable como músico y realizó sus primeras grabaciones en discos de 78 revoluciones por minuto.

Benny sabía que tenía una voz, un aché (suerte) y un destino. Quizás lo presintió, lo intuyó, o simplemente confiaba en su triunfo. Cuando comenzó con Miguel Matamoros y su conjunto, ya quería hacer cambios en el piquete. En México, cuando enfermó Miguel, pudo dirigir el conjunto, tomó el mando y puso a gozar a los cuates en el cabaret El Patio.

Cuando terminó el contrato, el conjunto Matamoros retorna a La Habana, pero sin Bartolomé, quien decide probar fortuna solo en México. Al comunicarle su decisión al famoso autor del son El que siembra su maíz, Miguel Matamoros le respondería: “Está muy bien, pero tienes que cambiarte el nombre de Bartolo, que es muy feo. Con él no vas a ir a ninguna parte. Tiene usted razón le contestó Bartolo, desde hoy me llamaré Benny, sí, Benny Moré”.

Benny Moré por Ibrahim Arce

Benny Moré tenía un talento e intuición natural para la música. Fuenete:  Ibrahim Arce / Wikimedia.

Dos gigantes: Benny Moré y Pérez Prado

El dueño del negocio se hipnotizó del ambiente tan sabroso que propició el Benny como director. Después de cantar con varias orquestas de empuje en México, se plantó bonito con la banda más famosa del siglo XX: Pérez Prado y el mambo cubano.

Con este encuentro se unieron dos genios: en Benny Moré estaban el talento y la intuición natural; en Pérez Prado, además de todo eso, el dominio de la técnica y una enorme facilidad para hacer música. Con Pérez Prado conquistó al noble pueblo azteca en giras por distintos estados de ese país hermano. Debido al éxito alcanzado por el Benny, el pueblo le otorgó el título de «Príncipe del mambo» y a Pérez Prado el de «Rey del mambo». Cantó como nadie en el mundo e inicia su ascenso internacional.

Ya por esa época la voz de Benny era conocida en Panamá, Colombia, Brasil, Puerto Rico, Haití, Venezuela, y desde luego, en su natal Cuba. En el alegre mundo de la vida nocturna de Ciudad México, el cantante cubano actuó en infinidad de teatros, entre otros el Margo, el Blanquita, el Folliers y el Cabaret Waikiki, alternando con artistas de tanto renombre como la legendaria vedette Yolanda Montes (Tongolele), la mexicana Toña la Negra, y el destacado pianista y compositor cubano Juan Bruno Tarraza, de quien Benny cantó el bolero Ya son las doce. Participa en muchas películas y a su regreso a Cuba, ya estaba seguro de que había que contar con él.

La nostalgia por su familia, amigos, por la Patria, y el deseo de obtener laureles en su Isla, donde consideraba que no era conocido lo suficiente, le hicieron regresar a su Lajas querida a finales del año 50. El sonero mayor se encontraba definitivamente en Cuba, había dejado atrás comodidades, satisfacciones materiales y espirituales, amigos y hasta los amores que no suelen faltar a los triunfadores.

Durante los siguientes dos años actuó por contrato para un programa llamado «De fiesta con Bacardí», que salía al aire por la Cadena oriental de radio con la orquesta de Mariano Mercerón, y los cantantes Fernando Álvarez y Pacho Alonso. Como Benny Moré era artista exclusivo de la RCA Víctor, esta firma reclamó su presencia en La Habana para hacer distintas grabaciones. Para cumplimentar este compromiso daba viajes alternos a La Habana y así mantenía su compromiso con la cadena oriental de radio. Finalizado el compromiso en la Casa Bacardí y el maestro Mercerón, en 1952 Benny Moré regresó a La Habana.

Contratado Benny por la popular emisora Radio Progreso, la que con justicia llamaban “Onda de la Alegría”, se hace acompañar por la orquesta de Ernesto Duarte, una de las mejores agrupaciones existentes en aquellos años. En estas transmisiones diarias en vivo y con público que colmaba el estudio–teatro de la planta, era donde se podía entender la genuina identificación del artista con su pueblo.

Era tan admirado por el pueblo que cuando Benny cantaba en el Centro Gallego de la capital, se desbordaba las aceras y los jardines del Capitolio Nacional para escucharlo. Debido a su sensibilidad musical Benny Moré podía abarcar en sus canciones todos los matices. De hecho, sus grandes cualidades más su afán de dar al pueblo lo mejor de su arte y de sí, desarrollaron en él el cantante completo, que interpretaba a la perfección con dominio absoluto las combinaciones armónicas y formas musicales.

La Banda Gigante

Mientras reflexionaba acerca de cómo organizar su banda, a principios de 1953 a Benny Moré le ofrecieron grabar para la firma discográfica cubana Panart, acompañado por la ya famosa Sonora Matancera, de Rogelio Martínez. Se negó, ya con fama y prestigio bien ganado, decidió formar su propia orquesta. El Benny se atreve a crear su Banda Gigante, su querida “tribu” para luchar por la música cubana y comienza la leyenda. Se llega a presentar en el cabaret Tropicana, Montmartre, en el Palladium de New York, en la academia de los Oscar, de Hollywood, en carnavales de países latinoamericanos y por numerosos pueblos de Cuba.

Se convierte en el artista más reclamado de Cuba, pero lo mismo daba un bailable en un cabaret lujoso que una descarga callejera; como cuando un día se apareció, con su Cadillac 55, para cantar en la fiesta de quince de una sobrina, en un barrio marginal de la ciudad. Rechazó a los poderosos que siempre trataron de subestimarlo y ayudó a los menesterosos, regalaba casi todo su dinero y murió sin fortuna material. No era un hombre ambicioso. En su época nunca se le rindieron homenajes, ni lo condecoraron con ninguna medalla. Él sabía que era el mejor, aunque no podía imaginar que quedaría en la historia como el símbolo de la música cubana.

Con su banda canta sus boleros, guarachas, sones montunos, en su estilo único y se sitúa en la cima de nuestros cantantes populares. Fue una novedad, y de la noche a la mañana salen los discos. Se venden en Haití, Santo Domingo, Venezuela y por supuesto en Cuba. Los años 1954 y 1955, marcaron la gran popularidad de la orquesta de Benny Moré. Entre los años 1956 y 1957, realizó un periplo musical por países de América. Visita Venezuela, Jamaica, Haití, Colombia, Panamá, México y Estados Unidos aclarando: aclarando: «… yo voy, pero va mi orquesta…» y presionaba para que su tribu lo acompañara. Todos los músicos de su orquesta lo adoraban por su nobleza, simpatía, sencillez y desinterés.

Demostró que era capaz de interpretar, independientemente de la música cubana cualquier ritmo latinoamericano cuando hizo «Quisiera bailar el merengue», y «¡Sabroso de verdad!». En el año 1956 fijó su residencia en el Reparto La Cumbre, Municipio San Miguel del Padrón; cuando su hijo Roberto tenía un año y medio de edad.

Entre 1958 y 1962 la salud del Bárbaro del Ritmo se va deteriorando. Su médico y amigo, el doctor Luis Ruiz Fernández, le diagnostica una grave cirrosis hepática. El enfermo se cuidó de su dolencia dejando de ingerir bebidas alcohólicas, pero no hizo el imprescindible reposo, sino todo lo contrario: incrementó su actividad musical. Era constante su presencia en bailes, cabarets, radio y televisión, y a pesar de su fortaleza física, cada día se quebrantaba más su organismo.

El final de una carrera exitosa

El Benny estaba extenuado, pero no descansaba: se le veía también anunciando en los teatros América, Martí y Tosca, y fue invitado de honor al Primer Festival de Música Popular Cubana, efectuado en 1962 en el Teatro Amadeo Roldán (antiguo Auditórium). El agotado y enfermo Benny Moré tenía tantos compromisos con su pueblo, que por esos años cobró fuerza el mito de su informalidad. Pero su público y quienes lo conocieron bien, sabían que esa informalidad circunstancial no fue lo más representativo de su valiosa vida artística. Muestra de ello es que estuvo ofreciendo lo mejor de su arte a la tierra que lo vio nacer, hasta los últimos días de su agitada existencia.

Escultura de Benny Moré en Cienfuegos

La escultura de bronce de Benny Moré en el Prado de Cienfuegos muchas mañanas amanece con flores entre sus manos. Fuente: Christophe Meneboeuf / Wikimedia (CC BY-SA 4.0).

Su última actuación con la propia orquesta fue en el pueblo de Palmira, Las Villas, el día 16 de febrero de 1963. Su primer vómito de sangre lo tiene en Colón, ya en La Habana fueron directamente para La Cumbre por petición del Benny de ver a sus hijos (presintiendo la muerte) Solo le quedaban pocas semanas de vida, aunque su espíritu batallador lo mantenía en pie. Muy grave, el lunes 18 al amanecer vuelve a ponerse mal, por lo que el médico decide ingresarlo en el Hospital de Emergencias, provisionalmente.

Aquí se le administra plasmas y a partir de la 1.00 pm del mismo día cae en estado de coma. Fue trasladado a la sala H, cama 22 donde no se recuperó. Numerosas personas acudían al centro hospitalario, de día y de noche, para conocer los partes médicos sobre la salud del Benny, antes de que estos se dieran a la publicidad oficialmente por la prensa, la radio y la televisión. Estuvo sin conocimiento hasta el martes 19 a las 9.15 en que murió a la temprana edad de cuarenta y tres años.

El adiós a un ídolo

A las 12.15 minutos partió el cortejo fúnebre acompañado por miles de hombres y mujeres del pueblo hacia el local de Prado y Ánimas. Allí se encontraba el Sindicato Nacional de Trabajadores de Arte y Espectáculos (SINTAE). Los hermanos le entregaron al secretario del SINTAE el sombrero tejano y el bastón, que utilizaba el Benny como batuta. Ambas prendas fueron entregadas al Museo del SINTAE. 

Por petición expresa del artista, sus restos fueron sepultados en su pueblo natal, Santa Isabel de las Lajas. Durante todo el recorrido de la caravana por la Carretera Central, los poblados y ciudades paralizaban prácticamente sus labores para darle el último adiós a su ídolo. Una vez en su pueblo, en el barrio de La Guinea, la Sociedad de los Congos lo despidió con un solemne rito funeral mayombero de origen bantú, a base de banderas para abrir los caminos y espantar los malos espíritus. El día 20 de febrero a las 4.00 de la tarde fue sepultado en la necrópolis de este pueblo.

Ciertamente Benny concluyó una época, cerró un capítulo de la vida musical cubana, esa etapa de la vida nocturna que ya declinaba. La vida del Benny se relacionó con un mundo que ya desapareció. Luego todo se convirtió en mitos y leyendas.

Benny siguió cantando, pero ahora sería en discos que hacían scrach, que se digitalizaron. Los “oidores” (oyentes) de hoy deben transportarse en el tiempo, abstraerse, imaginar aquellos bares de mala muerte, del puerto habanero lleno de turistas curiosos. De fondas de chinos que expendían “completas” para pobretones que pasaban el sombrero, después de cantar por las calles habaneras.

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Escrito por: Redacción, usando información de: Granma / Xinhua / Archivo TodoCuba.
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