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El ayer y hoy de las tiendas en Cuba

Entre las tiendas o bodegas particulares existentes hasta la mañana del 14 de marzo de 1968, siempre había en casi todas las localidades, alguna que fuera propiedad de ciudadanos cubanos de origen chino, cuya mayoría estuvo enviando remesas a sus familiares hasta que el 6 y 7 de agosto de 1961 ocurrió el canje de moneda que dejó al peso cubano sin la condición de ser divisa utilizable en cualquier país.


Aquellos asiáticos tenían la experiencia de provenir de un ambiente donde el comercio a mayor o menor escalas eran naturales, y rápidamente adaptaron las técnicas a las condiciones de la isla caribeña, donde hallaron que para tener una clientela fija, debían de vender a crédito. “Marchantes” les decían a los clientes, y por el vocablo “fiado” se conocían las compras para pagar al final del mes o el día del cobro.

Aunque no era práctica generalizada, había quienes después una abultada deuda, se trasladaban hacia otra bodega, por lo cual no pocos bodegueros chinos le restaban gramos y onzas a los productos con el propósito de resarcir pérdidas si alguien se iba a otra tienda sin pagar, lo cual evitarían quiebras como la del asiático que tenía su negocito en la habanera esquina de San Nicolás y Cuchillo.

A un hijo de la lejana Asia, radicado en Trinidad se le ocurrió introducir la práctica de que solo se aceptaba un nuevo marchante después de comprobar que hubiera saldado sus deudas.

Hoy no se fía, ni los marchantes pueden cambiarse sin la autorización de la Oficina de Registro de Consumidores, a la cual no ha dejado de llamársele “OFICODA”, extinta entidad que tenía las funciones que su sigla indica: ser la Oficina de Control y Distribución de Alimentos, actividades que pasaron al Ministerio de Comercio Interior.

Actualmente, junto a los establecimientos que languidecen por las carencias, existen otros donde solo pueden comprar los de mayor bonanza financiera o los capaces de colosales sacrificios para acumular determinadas cantidades de dinero. En ellos venden mercancías “cómicas”, tan cómicas que le arrancan una sonrisa a cualquiera, que debe desistir de la compra al enterarse de los astronómicos precios.

Y como si los salarios no fueran tan bajos o los precios tan elevados, hay quienes ahora reducen las libras a menos de 16 onzas y no para amortiguar pérdidas por si el cliente habitual se marcha sin pagar, sino que lo hacen en calidad de “multa”. Tampoco faltan los que multan a los clientes con equivocaciones al dar el vuelto, pero nunca a favor del comprador, y proliferan los que no tienen monedas fraccionarias para devolver.

Ya los comercios no dan el aguinaldo de fin de año como premio a los mejores clientes, ni para agasajarlos y conservarlos, tampoco dan las llamadas “contras”, consistentes en alguna golosina para niños o un poco de más del producto, para contentar al cliente que antaño siempre tenía la razón, pues ahora, de contra: parecen estorbar y ser enemigos, aunque por suerte, todavía a los denominados “usuarios” no les han endilgado el calificativo de estorbos ni enemigos, pero si el de “pueblo” como si fuera algo separado de los “empleados” en esas unidades de prestación de servicios.

Escrito por | Redacción

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