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La singular y triste historia del único güije que jugó pelota en Cuba

En Cuba se cuentan innumerables historias de güijes, esos negros pequeñitos dados a las maldades y las burlas. Sin embargo, que se sepa, sólo uno de ellos jugó pelota. Se llamaba Luis Pérez Pérez y nació en el poblado de Camajuaní, a 30 kilómetros de la ciudad de Santa Clara en 1920.


Como en su casa lo único que sobraba era el hambre se iba a la orilla del río para comer lo primero que se encontraba berro, ciruelas, guayabas, pomarrosas… Pero el hambre era tanta que tocaba la puerta de los guajiros de la zona y siempre alguno le regalaba algo. Así transcurrió toda su niñez a la orilla del río, mojado y con hambre. Como era muy prieto y chiquitico, todos los campesinos de la zona le llamaban simplemente “el Güije”.

Su único entretenimiento era jugar pelota con los muchachos de la zona y en eso se destacó. El béisbol era una fiebre en Camajuaní, que llegó tener varias novenas y varios terrenos para la práctica de ese deporte. En uno de esos equipitos amateurs se hizo un hueco con apenas 13 años para garantizar al menos el plato de comida.

Comenzó como jardinero y luego se hizo lanzador. Su fama creció y un día que un equipo profesional de la Liga Profesional Cubana visitó Camajuaní el mánager le echó el ojo al Güije. No era para menos, con 15 años se subió a la lomita y ponchó a nueve contrarios.

Luis Pérez Pérez y nació en el poblado de Camajuaní, a 30 kilómetros de la ciudad de Santa Clara en 1920.

Allí mismo le propusieron jugar profesional. Sin embargo, su corta edad, el color de su piel y su tamaño diminuto, provocaron que pasaran diez años antes que se abrieran definitivamente para él las puertas de la reserva del Cienfuegos.

Mientras esperaba, el Güije, jugó en algunas novenas de la Base Naval de Guantánamo durante la Segunda Guerra Mundial e incursionó en el boxeo. En el deporte de los puños se las arregló más o menos bien, hasta que Eduardo Machado le recetó una paliza de “Padre y Señor mío”, como él mismo la describiría. Entonces se dedicó sólo a la pelota.

El brazo le respondió hasta finales de los años 50. Cuando vio que lo estaban sonando sabroso entendió que era momento de colgar el guante y armó una novena con la que ganó varios campeonatos amateurs en la provincia de Las Villas como director.

Los numerosos clubes de Camajuaní desaparecieron cuando el INDER exigió la conformación de una única novena en 1961. Al Güije le tocó dirigirla y lo hizo por muchos años hasta que fue apartado del mando.

Se negó entonces a apartarse del el terreno del “Terror” que había cambiado el nombre al de un revolucionario local y, como ya no podía lanzar o dirigir y era casi analfabeto el único empleo que le ofrecieron las autoridades – como Estrada Palma a Quintín – fue el de barrendero. Él que había estrucado a los mejores bateadores del béisbol profesional cubano en ese mismo terreno, terminó limpiando sus gradas.

Sin casa, ni familia, vivió los últimos años de su vida en el mismo local del estadio donde guardaba sus instrumentos de trabajo. Hubiese sido justo que lo enterraran allí, pero cuando se murió se lo llevaron para el cementerio del pueblo.

En 2017 el huracán Irma destruyó el terreno del “Terror” y derribó las lápidas del cementerio de Camajuaní. Al entrar los pobladores al camposanto para ver los destrozos que el meteoro había causado a las tumbas de sus deudos, descubrieron que la única lápida que había sobrevivido al siniestro era la del Güije.

Fuente: Tremenda Nota

Escrito por | Redacción

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