Chivichanas en La farola… un “deporte de riesgo” criollo en las montañas más altas de Cuba

Chivichanas en La farola… un “deporte de riesgo” criollo en las montañas más altas de Cuba

Manejar por el viaducto de La Farola no es cosa de juego. Por más que se considere una de las maravillas de la ingeniería cubana, la sinuosa carretera que serpentea por las montañas más altas de Cuba exige poner todos los sentidos en el timón. Más de una víctima mortal se ha cobrado la carretera con la que Baracoa se comunica con el resto del país y por la que ruedan arriba y abajo rastras, camiones, autos ligeros bicicletas y sí, como no… también chivichanas.

Esto vehículos artesanales construidos en madera por los residentes del lugar son preferidos por los campesinos para bajar las mercancías desde las lomas.

Los carretilleros o chivichaneros de La Farola conocen como nadie su peligroso negocio. A ellos les basta para practicar lo que bien pudiera ser considerado como un “deporte de riesgo” unas cuantas tablas bien clavadas, una soga para dictar la dirección y unas chirriantes cajas de bolas en desuso que hacen la función de ruedas.

Según los habitantes de la intrincada zona el creador de tan peculiar medio de transporte fue Ricardo Ramírez, quien construyó la primera en fecha tan lejana como 1963.

Su invento se esparció como incendio forestal y hoy son incontables los chivichaneros que bajan cargados de plátanos o café desde las montañas. Entre ellos Ramírez que todavía se dedica al trasiego de mercancías y es considerado con justicia el decano de los chivichaneros de La Farola.

Orgulloso y sin patente este humilde campesino cuenta ha contado en más de una ocasión como se le ocurrió la idea:

“Entonces tenía once años y busqué unos buenos palos, unas cajas de bolas viejas y metí mano a la carretilla, que era grande y halábamos loma arriba con un buey. Luego le montábamos hasta quince quintales de productos y con tres a bordo, frenándola, bajamos la mercancía. ¡Qué nadie diga que la inventó!; ella salió de aquí, donde muchos de otras zonas vinieron a copiar”.

Hasta ocho quintales, unas 800 libras puede cargar una de las chivichanas o carriolas de La Farola, aunque no han sido pocos los que se han despetroncado por la loma al pretender cargar más de lo aconsejable.

Los choferes que ascienden por primera vez el viaducto de La Farola se llevan un susto de muerte cuando ven avanzar una chivichana cargada hasta el copete a gran velocidad. Sin embargo, los chivichaneros, expertos ya en esos trances se pegan a la derecha y dejan pasar los carros; mientras sus conductores, con los ojos como platos, los miran y murmuran… “Están locos… están locos”,

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