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Los rostros del Deshielo
EFE / Ernesto Mastrascusa

Los rostros del «deshielo» entre EE.UU. y Cuba

Miami / La Habana, 22 de julio de 2020.- Luego de casi seis décadas de enemistad, en julio de 2015, Cuba y Estados Unidos restablecieron relaciones diplomáticas. Poco tiempo duró esa etapa de esperanza, apenas dos años: con la llegada de Donald Trump a la presidencia de EE.UU., se frenó el «deshielo» y se frustraron las expectativas de muchas familias cubanas, las protagonistas reales de medio siglo de conflictos entre las dos naciones. A continuación, algunas de sus historias y sus rostros .

Pensaba que podría viajar a Miami



José Alberto Figueroa, 74 años, fotógrafo.

«Me quedé solo con 20 años en Cuba». Sus padres y hermanos emigraron a EE.UU. en los años 1960 pero él se quedó para ejercer su pasión, la fotografía, donde comenzó como discípulo del famoso Alberto Korda y finalmente se hizo un nombre de prestigio en la profesión. Durante décadas se comunicó a través de cartas y llamadas semiclandestinas con su madre y sus hermanos. «Estaba mal visto. Te señalaban en el comité de defensa del barrio como un individuo relacionado con EE.UU., y por lo tanto una persona sin confianza política».

En 1991 viajó por primera vez al país vecino para reencontrarse con su familia, y en los años siguientes realizó varias visitas de trabajo. Esta conexión se interrumpió en los años 2000, cuando George W. Bush incluyó a Cuba en el famoso «eje del mal» e impuso restricciones.

«Fue una cosa terrible hasta que llegó (Barack) Obama. Su triunfo fue un gran cambio». En 2013, EE.UU. extendió la duración de los visados de no inmigrante para los viajeros cubanos de seis meses a cinco años, con posibilidad de entrar y salir varias veces del país. Drante el «deshielo», él comenzó a viajar con regularidad a Miami, donde reside su madre, que hoy tiene 94.

La Administración Trump retiró el personal de su Embajada en La Habana y en marzo de 2019 eliminó el visado multientrada de 5 años. Ahora se limita la entrada a una sola en tres meses y además los cubanos han de desplazarse a un tercer país para solicitarla, lo que deja en la estacada a miles de familias. En el caso de Figueroa, su visado expiró en 2018 y no le dio tiempo a renovarlo.

«Pensaba que podría asistir si mi madre en algún momento se enferma o muere, que ese aspecto estaba resuelto. No pude asistir a la muerte de mi padre ni a la de mi hermano (en los años 1970). Por lo tanto, yo decía, tengo esa visa, puedo asistir en cualquier momento, es un vuelo de 45 minutos. Pero eso dejó de existir».

Los rostros del "deshielo"
José Alberto Figueroa, 74 años, fotógrafo, Fuente: EFE/ Ernesto Mastrascusa.

Sin remesas, no me alcanza

Isabel Salabarría, 80 años, jubilada.

Imagínese usted, ya la cosa sería grave. Yo soy diabética e hipertensa y necesito alimentarme cada tres horas, necesito fruta fresca, leche, y a mí no me alcanza, sobre todo para la leche». A Isabel se le contrae el ya surcado rostro de pensar en lo que pasaría si no pudiera recibir el dinero que su primo le envía desde Miami cada mes.

Isabel es solo una muestra de las decenas de miles de familias que en la isla dependen de las remesas que envía la diáspora cubana. Muchos no podrían sobrevivir solo con los magros salarios o pensiones estatales. Esos envíos, la principal entrada extraoficial de divisas en Cuba, también están en el punto de mira de la Administración Trump.

Es su primo hermano, también jubilado y octogenario, quien le manda el dinero desde Miami a través de Western Union. Cien dólares «y a veces algunos pesitos más» suponen para ella la posibilidad de comprar alimentos que no podría permitirse si su único ingreso fuera su pensión estatal, que no llega a los 300 pesos cubanos (unos 12 dólares).

«Cuando triunfó la Revolución, se embulló y se fue. De la familia solo quedamos nosotros dos, nos criamos juntos. Me dice que me dé caprichos y yo compro uvas pero sobre todo la leche», relata la mujer. Un litro de leche en Cuba cuesta dos dólares, y el Estado solo la entrega subvencionada para los niños hasta que cumplen 7 años.

El familiar de Isabel dice que no cree que el Gobierno estadounidense elimine los envíos, pero ella tiene miedo. «Ese hombre no tiene sentimientos y quiere acabar con todo. La política es una cosa muy sucia. Qué ambición…», suspira la mujer mientras mueve nerviosamente los dedos entrelazados sobre el regazo.

El grupo de análisis The Havana Consulting, con base en EE.UU., cifró en 6.600 millones de dólares las remesas que recibió Cuba en efectivo en 2018, con un monto promedio mensual de 180 a 220 dólares.

Situación desastrosa tras el deshielo

Ernesto Pérez, 40 años, repartidor de Amazon.

Como el primo de Isabel, Ernesto Pérez no falta a su cita con la casa de envío de remesas cada mes para hacerle llegar dinero a sus dos hijas en Cuba. «Todavía se puede enviar a través de la Western Union, que yo sepa, no ha cambiado nada el envío con el coronavirus», explica.

«Lo peor es la cola que tienen que hacer en Cuba los abuelos de mis hijas para cobrar el dinero; pueden estar horas en una cola, pero al final lo reciben. El mes pasado recibieron 50 CUC (moneda oficial cubana equivalente al dólar), pero para esto tuve que depositar en la Western Union 61.50 dólares», cuenta.

«La situación allá sigue siendo desastrosa y nos vemos obligados a ayudar a nuestros familiares desde aquí, no solo con dinero, sino también, a veces, con comida y otras cosas necesarias», dijo Pérez.

Este escueto emigrado envía como promedio unos 100 dólares al mes, aunque este año también mandó a su familia la cantidad necesario para comprar un refrigerador de 600 dólares. Son muchos los isleños que dependen de los dólares llegados del exterior para comprar electrodomésticos, entre otros productos.

La multinacional no es la única forma que existe para hacer llegar divisas a la otra orilla. Pérez detalló que también opera una «vía directa» a través de personas que viven en Miami, reciben los dólares en mano y tienen mecanismos para que el dinero se «materialice» en la isla en forma de CUC.

Según fuentes no oficiales, el temor a que las sanciones del Gobierno estadounidense, que arreciaron luego del «deshielo»,  obligaran al cierre de Western Union en Cuba mientras las fronteras de la isla siguen cerradas por el coronavirus, provocó que en los últimos meses los cubanoamericanos enviaran a sus seres queridos más dinero del habitual.

En el limbo al finalizar el deshielo

Gretel Moreno, 46 años, contadora.

Después de emigrar a Estados Unidos, Gretel solicitó un visado para llevar allí a su hermano, su cuñada y su sobrina desde Cuba, a través del Programa Cubano de Parole de Reunificación Familiar (CFRP). Inició el trámite en 2016, en pleno auge del «deshielo», pero el programa quedó suspendido un año después por la actual Administración estadounidense. Desde entonces, su sueño de reunir a los suyos ha quedado «en un limbo», una situación extensible a cientos de familias de las dos orillas.

«El caso mío es de los peores, es un F4, pues se trata de mi hermano y su familia», dice Moreno, quien vive en Miami.

Este y otros muchos trámites quedaron paralizados cuando la Embajada de EE.UU en La Habana desmanteló en 2017 casi todos sus servicios a cuenta de unos misteriosos problemas de salud sufridos por sus diplomáticos en la isla en los que el Gobierno cubano niega estar implicado.

Para Moreno, ese asunto es «un pretexto» porque en la frontera estadounidense «se han implementado hasta entrevistas con los jueces de inmigración que otorgan asilo a través de cámaras y eso funciona».

«Esto está igual, hicimos todos los pagos en 2016 para el programa de reunificación familiar y todo se ha quedado en un limbo. Aparentemente se van a quedar con ese dinero», dice Moreno, que abonó cerca de 1.000 dólares por trámites para traer a sus familiares.

De acuerdo con esta activista de la plataforma Cubanos Unidos por la Reunificación Familiar, un grupo creado en 2017 a raíz del cerrojazo consular tras el «deshielo» y que ya cuenta con 58.154 miembros en todo EE.UU., se trata de una «estafa legal del Gobierno» con «cientos de miles de dólares» en juego, a razón de 360 dólares por cada familiar reclamado.

«Los cubanos pasamos de tener muchos privilegios a ser los menos privilegiados del mundo entero por la espera en Guyana», afirma Moreno, en referencia al traslado a la embajada estadounidense en ese país de la tramitación de los visados de reunificación familiar para cubanos.

«Es vergonzoso que casi cuatro años después no haya solución, es un desinterés total. Lo más importante de todo (para la Administración Trump) es ahogar a la dictadura (cubana) y que acabe de caer, y ojalá pase mañana mismo, pero eso ha hecho que lo demás no importe», lamenta la mujer.

Moreno ha escrito a varias instancias sin lograr respuesta. «Realmente he perdido la esperanza, me doy cuenta de que no hay interés para solucionar el problema», concluye.

Gretel Moreno, de Cubanos Unidos por la Reunificación Familiar. Fuente: EFE / Gretel Moreno.

Ya esa no es nuestra Cuba

Gustavo de los Reyes, 74 años, empresario jubilado.

«Cuba era muy agradable, era una especie de paraíso», recuerda con nostalgia Gustavo. Poco después de triunfar la Revolución, en agosto de 1959, huyó a EE.UU. con su familia porque encarcelaron a su padre. Entonces tenía 14 años.

Seis décadas después ha perdido la esperanza y las ganas de regresar a su país natal. Su caso ilustra el de los muchos cubanos (hoy ancianos) que se fueron para no volver, o al menos no mientras la Revolución siga en el poder.

«Siempre he querido volver e ir con mi hija para enseñarle nuestra Cuba, pero es muy triste ir ahora, un sacrificio. Esa Cuba ya no es nuestra Cuba», lamenta.

Gustavo asegura que «en los años cincuenta la clase media cubana llegaba a un nivel increíble comparado con el resto de Latinoamérica en general y con Europa, incluyendo España», pero «todo eso se perdió».

Tras completar sus estudios en EE.UU., emprendió negocios en la industria ganadera en Venezuela, donde se casó dos veces y tuvo una hija. Sin embargo, en tiempos más recientes se vio forzado a huir del país, por lo que se considera una doble víctima del socialismo. «Los cubanos llegaron a Venezuela, (Hugo) Chávez se enamoró y pasó a ser controlado por Fidel Castro. Hizo a Venezuela una colonia de Cuba y (Nicolás) Maduro fue entrenado para lo mismo».

Gustavo es muy crítico con la política de «deshielo» de la Administración Obama, al considerar que «sí hubo una cierta estimulación económica, pero rápidamente todo iba para los Castro y no para el pueblo». Por eso se adscribe a la línea dura de Donald Trump, que puso fin a ese «deshielo» de su predecesor, endureció el embargo e impuso nuevas sanciones a Cuba.

«Es importante controlar la salida de dinero, millones de dólares que se usan para mantener a los Castro. Ahora que Venezuela ya no puede darles nada, cuentan con la entrada de remesas de las familias cubanas y eso es un problema muy serio», opina.

Aun así, la presión de Trump le parece insuficiente: «estamos manteniendo a Cuba viva bajo el autoritarismo castrista», protesta.

No voy a depender del presidente de otro país

Nelson Rodríguez, 40 años, empresario.

Fue uno de los muchos cubanos que, tras años de trabajo en el extranjero, regresó a la isla para abrir un negocio al calor del deshielo. Inauguró El Café en el barrio de Habana Vieja en 2016. «Fue una locura total. Empezamos vacíos en abril y en agosto ya teníamos una cantidad de clientes increíble».

Famosa por sus opíparos desayunos, esta cafetería recibía a diario a decenas de turistas estadounidenses que recuperaban energías con un «brunch» tras pasear por el casco histórico toda la mañana. La llegada de Donald Trump en 2017 y el fin del «deshielo» con las progresivas sanciones de su Administración a Cuba, entre ellas la restricción de entrada de viajeros y la prohibición de los trayectos en crucero, fueron un mazazo para su negocio.

«Se sintió un descenso de clientes americanos y ha continuado hasta ahora. Todos los años vemos que vienen menos y menos y menos». Nelson acaba de reabrir su cafetería tras el parón de la COVID-19 y poco a poco se va llenando de cubanos y extranjeros residentes en Cuba.

Cuando vuelva a La Habana el turismo, espera atraer a más europeos para compensar la ausencia casi total de los otrora omnipresentes estadounidenses. Otros empresarios cubanos confían en que la situación mejore si Trump pierde las elecciones presidenciales de noviembre. Nelson no.

«Que salga el que quiera salir, yo no voy a depender del presidente de otro país y menos de EE.UU.».

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Escrito por | Redacción TodoCuba

Fuente: EFE / Jorge Pérez / Atahualpa Amerise

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