El primer barbero de La Habana

El primer barbero de La Habana

Cuando La Habana todavía no tenía Morro ocurrió un acontecimiento súper importante en la apacible vida de sus vecinos: se recibió en la ciudad al primer barbero.

El hecho ocurrió exactamente el 1ro de julio de 1552 y el susodicho barbero se llamaba Juan Gómez.  Contarlo de forma tan grandilocuente puede hacer creer al lector de forma errónea que el que esto escribe trata de tomarles el pelo (nunca mejor aplicada la metáfora). Pero no, es cosa seria; porque ser barbero en esos tiempos no se limitaba a andar por ahí picando pelos.

Resulta que los que los barberos de la época eran también diestros cirujanos y de hecho eran más requeridos para esta segunda labor que para la primera. A fin de cuentas se podía ir con el cabello más o menos largo pero no con una herida de espada abierta o una bala de arcabuz incrustada en las costillas.

Fue tanta la alegría en la ciudad por la llegada de Juan Gómez que el Cabildo le celebró una fiesta con serenata y todo, donde tocaron los únicos tres músicos con que contaba La Habana, uno de los cuales era timbalero.

El barbero debió de ser tremendamente bueno porque, en el colmo de la guataconería, los vecinos reunidos en el Cabildo siete meses después acordaron por acta que:

“(…) mientras el estuviese aquí, nadie podría ejercer esa facultad”.

Aquel que incumpliera con la reglamentación podía ser castigado con dos pesos oro de multa.

Para garantizar que no hubiese roces innecesarios el Cabildo le otorgó al licenciado Gamarra el monopolio del comercio de botica y por ley los “vecinos no se podían curar con otra persona”. De esa forma se eliminaba la competencia entre Gómez y Gamarra. El primero se dedicaría a la práctica de la cirugía y el segundo a algo semejante a lo que llamamos hoy medicina general.

Todo esto pasaba porque en La Habana no existían médicos y una plaga de curanderos y brujeros curaban a la población con prácticas que a los ojos de las autoridades eclesiásticas y los vecinos más piadosos constituían prácticas bárbaras y herejías… Pero esa es otra historia.

 

 

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