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Los Aldama, la familia aristocrática cubana que tenia tanto dinero y hacia tanto alarde de su fortuna que construyeron el piso de su comedor con monedas de oro

En la época colonial, La Habana fue testigo de la belleza arquitectónica de muchas de las edificaciones que se realizarían para los personajes más ilustres e influyentes de la ciudad. Considerada por muchos como la obra más valiosa que se edificó en la ciudad durante el siglo XIX, el Palacio de Aldama poseía la majestuosidad y la belleza de los más famosos palacios italianos.

Domingo Aldama Aréchaga, de origen vasco, llegaría a la isla al igual que muchos con alpargatas en los pies y sueños de fortuna. Comenzó trabajando en una tienda como dependiente, medía las telas y los encajes pero quiso el destino, y la suerte que se casara con la hija del dueño del negocio, lo que hizo que subiera en los estratos sociales.

Aldama, quien llegara a la isla como un inmigrante sin ninguna posesión, se convertiría en un pudiente negrero que organizaba expediciones a Guinea o a Loango para traer a la isla lo que sería llamado mercancía humana.

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La construcción del Palacio estuvo en manos del ingeniero y arquitecto dominicano Manuel José Carrerá, justo en los terrenos frente al campo de Marte.

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Es de tal majestuosidad y belleza, que no desentonaría entre los palacios de las grandes ciudades italianas

En este palacio de alta majestuosidad se realizarían hechos de importantísimo valor para la historia de nuestra ciudad, Desde una gran rebelión urbana de los esclavos que lo edificaban hasta el asalto de las hordas de voluntarios. Años más tarde a su construcción viviría en él Rosa la hija de Domingo Aldama junto a su esposo, el polígrafo Domingo del Monte.

Para que nada faltase en el pasado del palacio fastuoso, cuentan que las muestras de jactancia serían conocidas por todas las personas de la alta sociedad cubana y que aunque no eran tan ricos como el clan Ferry de Cienfuegos, sabían tirar la casa por la ventana como ellos.

Cuentan que cuando se iba a realizar la boda de un miembro de su descendencia decidieron cubrir de monedas de oro todo el piso del enorme e imponente comedor, donde podrían ser acogidos hasta cien personas debido a las bastas dimensiones. Al conocer del hecho las autoridades lo prohibieron porque no aceptaban que se pisoteara por una cara la imagen de la reina y por la otra la enseña española. A pesar de esto, cuentan que se salieron con la suya poniendo las monedas de canto.

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