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La sanguinaria historia de Jacques de Sores, el pirata francés que más muertos se apuntó en Cuba

Si un francés fue por mucho tiempo recordado en Cuba de mala manera, ese fue Jacques de Sores. Tampoco era para menos, porque quemó, violó y decapitó (no siempre por ese orden) a los pacíficos habitantes de la ínsula cada vez que le vino en gana. Tanto miedo sentían los colonos españoles ante el sanguinario corsario francés que le apodaron “El Ángel Exterminador”.


Jacques de Sores nació en Normandia y desde joven comenzó a ganarse la vida con el antiquísimo oficio de la piratería bajo el mando del célebre François Le Clerc, que fue el que inició entre los malandrines del mar la moda de usar patas de palo.

Los dos (François y Jacques) hicieron muy buena caja asaltando las indefensas poblaciones españolas del Caribe. A mediados del siglo XVI arrasaron sin piedad Santo Domingo, Azua, La Yaguana, Monte Cristi y Puerto Príncipe.

Pero el golpe más célebre (este lo dio Sores solito) fue el ataque a San Cristóbal de La Habana el 10 de julio de 1555. Armado con una patente de corso del rey de Francia, dos naves erizadas de cañones y un par de centenares de marinos de muy mala leche, el Ángel Exterminador bordeó la ciudad y desembarcó por la caleta de Juan Guillen (donde hoy está el Parque Maceo y el Torreón de San Lázaro).

Tampoco le fue muy difícil pues La Habana estaba casi desprotegida. Sólo contaba con 16 hombres a caballo y menos de 70 de infantería y un gobernador quejica y cobarde que lo primero que hizo cuando se enteró del desembarco fue arriar para Guanabacoa con su familia mientras les decía a sus soldados el clásico… “resistan, que vengo ahora”.

Juan de Lobera, regidor del Cabildo y alcalde de la Fuerza Vieja – que fue la primera fortificación de La Habana y llegó, precisamente, hasta Sores, porque el francés la destruyó por completo – se encerró en el castillo junto a los pocos soldados y vecinos armados. Sores mientras se dedicó alegremente a saquear casa por casa pasando a cuchillo a todos los rezagados que se encontró.

Como el gobernador Gonzalo Pérez Angulo no daba señales de acudir con refuerzos desde Guanabacoa, Lobera decidió negociar con el corsario francés para salvar la vida de sus hombres y de los pobladores de La Habana que el francés aún no había asesinado.

A cambio de que se largara con sus barcos a otra parte, los habaneros ofrecieron a Sores todas las joyas y objetos preciosos que poseían, 30 000 pesos fuertes y cien cargas de casabe (porque en esa época la yuca valía lo suyo). El corsario aceptó y todo parecía ir bien hasta que Pérez Angulo se apareció en la villa con una tropa de españoles, negros e indios para atacar a los hombres de Sores.

El ataque fue una birria y los inexpertos colonos, indios y negros huyeron despavoridos de vuelta a Guanabacoa con Pérez Angulo muy por delante de ellos.

Jacques de Sores se enfureció y asumió, de forma errónea pues el regidor del Cabildo no tenía ni idea de lo que estaba organizando su jefe, que Lobera lo había traicionado. Lo tomó prisionero y exigió un rescate de 1 200 pesos. Como los vecinos de La Habana se habían quedado secos con el rescate anterior sólo pudieron reunir mil, por lo que el Ángel Exterminador se cobró la diferencia prendiéndole fuego a la ciudad por los cuatro costados y reduciéndola a cenizas.

El 5 de agosto, menos de un mes después de haber desembarcado, se marchó Jacques de Sores de La Habana. Detrás dejaba una ciudad en ruinas y unos vecinos traumatizados de por vida.

A Pérez Angulo, los españoles lo juzgaron por cobarde y murió en prisión. A Lobera lo honraron por su resistencia y la corona ordenó la construcción de las fortalezas que hoy conocemos para que nunca más volviera a repetirse un ataque como el de Sores… Así que, en buena medida, el Morro se lo debemos a él.

 

 

 

Escrito por | Redacción - AHP

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