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La desconocida historia de José Roque Ramírez, ‘El Águila Negra’, el cubano que se convirtió en uno los estafadores internacionales más grandes de todos los tiempos

Si usted escucha mencionar el nombre de José Roque Ramírez estoy seguro de que no sabrá de quién se trata. Ese sujeto, nacido en 1888 en el poblado de Tacajó, en la región oriental cubana, fue conocido también por los nombres de Castañón y Belisario Roldán y por los motes de El Doctor, El Ingeniero, El Millonario, El Compadrito… Tampoco ninguno de esos alias o seudónimos le dirá nada. Porque el sobrenombre que hizo famoso a José Roque Ramírez, y por el que hoy lo recordamos, fue otro. Nada menos que El Águila Negra. Uno de los grandes estafadores internacionales de todos los tiempos. El más sagaz e increíble de los tramposos.

La de El Águila Negra es una vida de novela, en la que, como a un Edmundo Dantés tropical, no falta su Abate Farías. En efecto, en la cárcel de Santiago de Cuba, donde sufrió la primera de las prisiones de su vida, encontró a un verdadero amigo y maestro, El Murciélago. El anciano delincuente advirtió la inteligencia y la audacia del joven imberbe y le enseñó todas las trampas posibles en los juegos de cartas y lo instruyó en el difícil arte de engañar al prójimo. Poco antes de morir, El Murciélago lo declaró su heredero y le cedió, como único legado, un grueso cinturón de cuero. Cuídalo, es de buena piel, comentó al entregárselo. La piel, por buena que fuera, no podía pesar tanto y El Águila advirtió que aquel fajín pesaba mucho. No podía ser de otro modo porque guardaba, en su doble forro, decenas y decenas de monedas de oro.

De niño, El Águila Negra sufrió en carne propia los rigores de la Reconcentración ordenada por el sanguinario Valeriano Weyler y nunca pudo asistir escuela alguna, pero cuando supo hacerlo leyó todo lo que cayó en sus manos, sobre todo en las cárceles que le tocó conocer. Salvó milagrosamente la vida cuando un torero burlado lo tiró al mar desde un trasatlántico en una zona infestada de tiburones y en China se libró en tablitas de la furia de un terrateniente a quien estafó de manera consuetudinaria y que después de hacer que le propinaran una paliza descomunal, lo condenó a trabajar como esclavo en sus arrozales por el resto de sus días. En 1937 estuvo a punto de estafar nada menos que al temido José Eleuterio Pedraza, jefe de la Policía cubana…

La historia de los juguetes en Cuba

Recorre el mundo El Águila Negra. Sienta sus reales en la Ciudad de México, pero Barcelona, Londres, Manila, Shangai, Tokio, Puerto Príncipe, Buenos Aires, San Francisco… serán escenarios de sus estafas. Elegante, bien vestido, con una conversación fácil y amena, deslumbra y engaña a cuantos lo conocen. Los gana a todos con su verbo locuaz, su cordialidad, su gentileza. Se muestra como un caballero opulento y generoso que hace regalos fantásticos a los ricos y sorprende a los que lo sirven con propinas insospechadas.

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El Águila Negra pasó en el Castillo del Príncipe la más larga temporada penitenciaria de su vida.

En Canadá le birló un cuarto de millón de dólares a una anciana a la que había jurado amor eterno. En la Guayana francesa juega a las cartas con el Gobernador General de la colonia y lo despoja de varios miles de dólares. En la ciudad argentina de Bahía Blanca adquiere caballos de pura sangre y toros de raza con destino a su granja experimental, en México, y se escabulle antes de pagarlos. No se marcha del país sin estafar antes a un importante joyero bonaerense por más de 60 mil dólares. Fue, sobre todo, el mago de los tesoros escondidos: simples barras de bronce que hacía pasar como lingotes de oro.

El intento de estafar al coronel Pedraza costó a El Águila Negra dos años de cárcel. En 1943 regresa a México, donde se le tiene como un rico empresario, y se instala en su lujosa residencia de Chapultepec. Lleva esa vez consigo, producto de sus estafas, unos 270 mil dólares. Dos policías cubanos le siguen los pasos. La Habana lo reclama y a sus requerimientos las autoridades mexicanas lo detienen en más de diez ocasiones. Gasta Roque Ramírez una fortuna en abogados que retardan una y otra vez la extradición hasta que, por orden del ministro del Interior, lo confinan en la prisión de Lecumberri. Alega Roque Ramírez su nacionalidad mexicana, pero son falsos los documentos con que pretende avalarla y Cuba demuestra que no se trata de dos sujetos con el mismo nombre, sino de un solo hombre con dos personalidades.

En la tarde del 5 de agosto de 1944 llega a Rancho Boyeros el avión que trae a Roque Ramírez, El Águila Negra, para pasar en el castillo del Príncipe la más larga temporada penitenciaria de su vida. Batista lo indultó en 1953 y enseguida se trasladó a México con su familia. Allí murió en 1967, de un derrame cerebral, a los 80 años de edad.

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