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El hundimiento del Maine: 120 años después las hipótesis siguen siendo las mismas

El martes 25 de enero de 1898, cuando ya los rayos del sol se vislumbraban detrás de la Fortaleza de la Cabaña, el acorazado Maine, bajo el mando del capitán Charles D. Sigsbee, se acercaba al Torreón de la Chorrera. En la distancia, la ciudad de La Habana parecía resplandecer bajo la tenue luz de la mañana. Cuando al fin el Maine, con sus cañones destapados, hizo su entrada en la bahía, los pescadores que preparaban sus avíos frente al Castillo de la Fuerza levantaron la vista y vieron, asombrados, cómo la bandera que ondeaba en lo alto de su mástil principal no era la española. Ni porque sus franjas blancas y rojas resplandecían al sol, pudieron identificarla. Se preocuparon, eso sí, porque era un barco de guerra. Pero se encogieron de hombros y siguieron en lo suyo.

El Maine había zarpado el día antes desde Key West por órdenes del presidente McKinley para, según el historiador Kennedy Hickman, proteger los negocios y la vida de los ciudadanos americanos residentes en Cuba. Unas semanas antes, turbas de seguidores del destituido Valeriano Weyler habían provocado disturbios en La Habana al asaltar varios periódicos que apoyaban la autonomía.

Este hecho no habría tenido mayores consecuencias (el Capitán General de la Isla, Ramón Blanco, adoptó enseguida medidas para restablecer el orden y castigar a los culpables) si no hubiese sido porque Fitzhugh Lee, cónsul de Estados Unidos en la Isla, calificó la situación de peligrosa y pidió a Washington el envío de un buque de guerra para proteger a los estadounidenses establecidos en Cuba.

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El Maine entrando por la Bahía de La Habana en enero de 1898

Después de ser recibido en los muelles por el contralmirante Vicente Manterola, el Maine fue anclado en el centro de la bahía, muy cerca del crucero Alfonso XII, buque insignia de la Armada Española que estaba a la espera de que sus calderas fuesen reparadas. Y aunque la presencia del Maine fue calificada, para aliviar las tensiones políticas entre España y Estados Unidos, como amistosa, el capitán Sigsbee no permitió que los marineros bajasen a tierra y solo los oficiales, para asistir a los agasajos que se le brindaron en la ciudad, pudieron hacerlo.

A principios de febrero, considerando que la permanencia del Maine en La Habana se extendía y que los objetivos de su visita habían sido alcanzados, el secretario de la Marina de Estados Unidos, John Davis Long, consideró ordenar su regreso. Pero el cónsul Lee se opuso y el Maine, para su desgracia, siguió anclado en el centro de la bahía.

Así las cosas, un poco antes de las diez de la noche del 15 de febrero de 1898, los habaneros de intramuros creyeron sentir, extrañados, lo que pensaron era un segundo cañonazo de las nueve. Pero fue solo un momento; enseguida, cuando la fuerza expansiva de la explosión arrancó las ventanas de los edificios del litoral y se extendió ominosa por toda la ciudad, comprendieron que no se trataba de un tardío y equivocado cañonazo proveniente de la Fortaleza de la Cabaña, sino que algo terrible había ocurrido en el área de la bahía. Algunos, los que en la oscuridad de la noche se atrevieron a acercarse a los Muelles de la Machina, alcanzaron a ver las llamas que envolvían lo que parecía ser un buque de guerra.

Al amanecer, todos pudieron contemplar la dantesca escena: del acorazado USS Maine solo podían verse, sobresaliendo de las aguas, los retorcidos restos de su popa y un tercio de su quebrado mástil principal. En el fondo de la bahía yacían –sus cuerpos entrampados en el casco de la embarcación– los 260 tripulantes que se hundieron junto con el buque. Otros seis murieron más tarde a consecuencia de sus heridas. El capitán Sigsbee y la mayoría de sus oficiales, porque sus camarotes estaban en el área de la popa, sobrevivieron la explosión.

El crucero español Alfonso XII y el mercante americano City of Washington, ambos anclados cerca del Maine, solo sufrieron daños menores en sus arboladuras. Fueron sus tripulantes los primeros en llegar al lugar del siniestro y brindar ayuda a los que habían sobrevivido la explosión y que, después de saltar al agua, trataban de escapar nadando lejos de las llamas. Los heridos fueron atendidos, primero, en el comedor del City of Washington que había sido convertido en una improvisada enfermería, y después, en los hospitales de La Habana, adonde fueron trasladadas muchas de las víctimas. Las autoridades españolas de la isla, conmocionadas por lo ocurrido, ofrecieron toda la ayuda posible y organizaron, en el Cementerio de Colón, el entierro de algunos de los que habían muerto en la explosión. Algún tiempo después, fueron desenterrados y trasladados al Cementerio de Arlington en Washington.

Lo que siguió al hundimiento del Maine es, como se dice, sabido: a grosso modo, Estados Unidos acusó a España de haber volado el acorazado y creó una comisión investigadora, presidida por el capitán de la Marina William Sampson, para que investigara las causas de la explosión. Por su parte, España comisionó al capitán de navío, Pedro del Peral, y al teniente Francisco Javier de Salas, para que también investigaran las causas de la explosión.

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Estados Unidos acusó a España de haber volado el acorazado y creó una comisión investigadora

Después de haber entrevistado a oficiales de artillería que habían examinado los restos del Maine, la comisión española llegó a la conclusión que “la combustión del carbón almacenado junto a los almacenes de municiones había sido la causa de la explosión”.

Por el contrario, la llamada Comisión Sampson, basándose en las declaraciones de testigos que dijeron haber escuchado dos explosiones, así como en el testimonio de buzos expertos que, después de examinar la proa, declararon que “esa parte de la quilla estaba doblada hacia dentro”, concluyó que el Maine, según consta en el Reporte Oficial de la Corte Naval del 22 de marzo de 1898, “había sido volado por una mina colocada bajo el casco de la embarcación y que a su vez causó la explosión de los almacenes de municiones localizados en la proa”.

Cuando el presidente McKinley leyó las conclusiones de la Comisión Sampson, pidió permiso al Congreso para intervenir y le envió un ultimátum a España en el que le exigía la retirada de Cuba. El gobierno de Madrid rechazó enfáticamente cualquier vinculación con el hundimiento y se negó a plegarse a las demandas estadounidenses.

Fue así, con un estallido nocturno, una presunción de dolo y una exigencia compensatoria, como comenzó la Guerra Hispano-Cubana-Norteamericana. Todo fue expedito. Mientras el general Calixto García preparaba por donde desembarcarían las tropas americanas comandadas por el general Shafter, la flota española, al mando del almirante Cervera, entraba a la bahía de Santiago de Cuba para protegerla.

Con la misma celeridad, en un plan preparado por García, las tropas cubanas se unieron a las americanas para tomar las colinas que rodeaban Santiago y atacar el Castillo del Morro, la Fortaleza de la Estrella y la Batería de Santa Catalina para evitar que desde ellas se bombardease la flota americana; si es que esta lograba entrar a la bahía. Sin embargo, los navíos americanos no tuvieron necesidad de hacerlo. Y es que la flota de Cervera, por órdenes del general Blanco, en una descabellada maniobra que cambió el curso de la guerra, intentó salir de Santiago hacia La Habana. Craso error: la llamada Flota Atlántica, orgullo de la Armada Española, fue destruida frente a las costas de Oriente por los buques del almirante Sampson.

Después de varios días de combates terrestres, el general Shafter le dio un ultimátum al general Toral, comandante del ejército español en Santiago, quien renegando de un acuerdo previo con Calixto García para negociar el cese de las operaciones, aceptó rendirse a los americanos siempre y cuando el general cubano no participase en las conversaciones ni en la ceremonia de rendición. Y aunque Estados Unidos quería que también se reconociese al ejército cubano como vencedor, España no accedió; incluso ofreció ceder sus derechos sobre Puerto Rico antes que negociar con los mambises.

Para sorpresa de Calixto García, Máximo Gómez y otros generales cubanos, Estados Unidos aceptó la oferta española. La guerra había terminado y con ella 400 años de dominación colonial. Mediante los acuerdos de París del 10 de diciembre de 1898, se acordó la futura independencia de Cuba, la cual –después de cuatro años de ocupación americana– se alcanzó en 1902.

Han pasado 120 años del hundimiento del Maine y todavía muchos se preguntan qué fue lo que realmente pasó. Las hipótesis siguen siendo las mismas: una mina colocada por patriotas cubanos que deseaban provocar una intervención americana; agentes del gobierno español que pretendían darle una lección al recién nacido imperialismo norteño; un accidente causado por el uso del altamente volátil carbón bituminoso en unas calderas demasiado cerca del almacén de municiones; y la de que los propios Estados Unidos provocaron la explosión para tener un pretexto que les permitiera invadir militarmente la isla.

¿Cuál de estas hipótesis se acerca a la verdad? ¿Lo sabremos algún día? Es probable que no. Quizás ni siquiera importe. En el Cementerio de Arlington descansan, bajo el recuperado mástil principal del navío, las victimas de aquel infausto suceso. En La Habana, frente al mar que guarda los calcinados restos del Maine, un desangelado monumento espera por su justa y definitiva consagración.

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