Henry Morgan

Henry Morgan en Puerto Príncipe

Entre la galería de nombres que alcanzaron la fama en el corso y la piratería durante los siglos XVI y XVII sobresale el del inglés Henry John Morgan, una presencia constante en Las Antillas al frente de escuadras multinacionales. El archipiélago cubano estuvo entre sus sitios predilectos en esos años y muchas de sus poblaciones conocieron su furia depredadora. La ciudad de Puerto Príncipe (nombrada Camagüey en el siglo XIX) fue una de ellas.

Después de haber permanecido en Santiago de Cuba entre el 18 de octubre y el 15 de noviembre 1662; luego de haber saqueado la ciudad y de cargar con cuanta riqueza pudo llevarse consigo, Henry Morgan estuvo alejado de las costas de Cuba hasta el 1ro de marzo de 1668. En esa fecha hizo su aparición frente a la fortaleza del Morro de La Habana. Venía con 10 buques, dispuesto a todo. Pero la capital ya contaba con una buena defensa de su puerto y el gobernador Francisco Dávila Orejón era implacable con cuanto pirata caía en sus manos, de manera que Morgan lo pensó mejor y enrumbó hacia el extremo occidental, giró hacia Batabanó y desembarcó sus huestes con la idea de penetrar en La Habana por tierra. Mas también abandonó ese plan porque igualmente lo estarían esperando, así que los piratas reembarcaron y fueron hacia Isla de Pinos, donde repararon las naves, cargaron provisiones y trazaron otro proyecto: el asalto a Puerto Príncipe.

En la mañana del 27 de marzo de 1668, la tropa de Henry Morgan, compuesta por siete centenares de hombres, llegó a la ensenada de Santa María, cerca del actual poblado de Santa Cruz del sur, desembarcó y se adentró en el territorio para avanzar hasta Puerto Príncipe. Durante el desembarco, escapó un prisionero español que los piratas habían tomado en Isla de Pinos y este se encargó de alertar sobre el próximo ataque a la importante villa. Francisco Galcerán, cura párroco de la ciudad, recibió la noticia en su finca “La Matanza” y rápidamente la esparció con ayuda de toques de campana desde la iglesia. Cuando la plaga de Morgan llegó a las afueras de Puerto Príncipe, al alba del jueves santo, el día 29 de marzo, ya el alcalde había organizado la defensa. Entre soldados, vecinos y esclavos logró reunir ochocientas personas a las cuales situó en distintos lugares de acceso y preparó emboscadas con apoyo de artillería. Decenas de árboles fueron cortados y colocados en los caminos para obstruir el avance de los invasores. Un cinturón de resguardo circunvaló la ciudad.

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Henry Morgan y sus hombres acumulaban una larga experiencia combativa y estaban acostumbrados a burlar los obstáculos con inteligencia y temeridad, así que evitaron los caminos, atravesaron el bosque que se les interponía, esquivaron las emboscadas y atacaron por la sabana, por donde menos los esperaban. Entonces los españoles organizaron una pequeña caballería para enfrentar el asedio, pero los asaltantes avanzaban en semicírculos, rodeaban a los jinetes, y los aniquilaban en feroz combate. Muerto el alcalde, con una gran cantidad de bajas en sus filas, los defensores se replegaron hacia los montes, abriéndoles el espacio a los invasores. Mas todavía quedaba un foco de resistencia en la ciudad y desde las viviendas recibieron a los piratas con fuego. Parapetados detrás de las ventanas o encima de los techos, los principeños no cedían en sus posiciones y disparaban sobre el enemigo. Ahora Morgan acudió a un arma sicológica: amenazó con incendiar y destruir totalmente Puerto Príncipe si los vecinos no se rendían. El miedo hizo su trabajo, penetró en las conciencias y derrumbó la última defensa de la villa.

Lo que venía, el último capítulo, era el saqueo, una acción no siempre igual, dependiente de las expectativas de los piratas hacia el botín, las dificultades para obtenerlo, y su estado de ánimo. Los asaltantes encerraron a los pobladores y los obligaron a entregar todos sus bienes con una intensificación del terror en la medida en que los propietarios se negaran a cederlos. Cuando la “recaudación” alcanzó la cifra de unos quinientos mil ducados, Henry Morgan los consideró suficiente para emprender la retirada, no sin antes tomar quinientas reses saladas y cierta cantidad de prisioneros para que las transportasen  hasta el sitio donde estaban ancladas las naves, en la ensenada de Santa María. Era el primero de abril de 1668, día de Resurrección. La carrera de Morgan en la piratería estaba próxima a su fin.

Dos años más tarde protagonizó Henry John Morgan su última aventura, la de mayores excesos: la toma y saqueo de la ciudad de Panamá al frente de una tropa multinacional de dos mil hombres. Esta acción casi le lleva a la horca, por desconocer el tratado que su nación había firmado con España. Fue conducido a Inglaterra para ser juzgado; pero en su lugar, el rey Carlos II, convencido de su lealtad a la corona británica, le concedió el título de Sir y le nombró vicegobernador de Jamaica. Precisamente en esa isla llegó al fin de sus días en paz, hacia 1690, casado con una dama de la nobleza. Tenía cincuenta y tres años, muchos más que los alcanzados por la mayoría de sus colegas y muchísimos más de los que mereció vivir.

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