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Francisco Vicente Aguilera, el terrateniente cubano que pudo enchapar en oro el suelo de su casa y murió en la mayor miseria por entregarlo todo a la libertad de Cuba

Sobre Francisco Vicente Aguilera, “Pancho”, se cuentan muchas leyendas: Algunos afirman que antes de alzarse en armas contra España enterró un tesoro en uno de sus ingenios de oriente que nunca ha sido encontrado; otros que existe una carta suya en el Archivo de India en el que solicita permiso al rey de España para conformar el piso de su casa con monedas de oro.

Ciertas o no estas historias, al terrateniente oriental le sobraban recursos para hacerlo. De su padre, Antonio María Aguilera, había heredado tres ingenios rentables, 17 haciendas ganaderas, más de 12 000 reses y 300 caballerías de árboles maderables. Una fortuna que creció cuando se desposó con Juana Tamayo Infante, cuya familia también poseía numerosas propiedades y dinero en metálico.

Francisco Vicente, quien se hizo cargo de los negocios familiares a la muerte de su padre, agregó a este enorme caudal, tres grandes panaderías y 20 casas de alquiler.

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Pudo haber comprado sin dificultad un título de conde, que baratos los vendía España, pero a este bayamés de “nobleza natural” nunca le interesó la parafernalia.

A su patrocinio debió oriente algunas de las obras públicas más importantes que se construyeron a mediados del siglo XIX. Fue Francisco Vicente Aguilera quien de su bolsillo financió la construcción de la carretera que unió a Bayamo con Manzanillo, construyó puentes, inauguró un teatro en 1849 e hizo todo lo posible por llevar el ferrocarril a la región.

Así de rico era Pancho Aguilera, el hacendado cubano que no dudó un segundo en secundar el alzamiento de Carlos Manuel de Céspedes y ponerse a sus órdenes, aún cuando poseía mayor ascendiente entre los conspiradores, arrastraba más hombres, era por mucho el más rico, y gran parte de los conjurados lo consideraba como su jefe natural.

Cuando algunos cuestionaron el “atrevimiento” de Céspedes de autodeclararse jefe del movimiento revolucionario sin contar con el resto de los conjurados los cortó de cuajo diciendo: : “Acatemos a Céspedes si queremos que la Revolución no fracase”.

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Por eso José Martí lo definió como el “Padre de la República”, que prefirió arriesgarlo y perderlo todo a una vida llena de comodidades y lujos.

Como le correspondía a su ascendencia y abolengo fue nombrado mayor general, secretario de Guerra, jefe del Ejército de Oriente y tras la Asamblea de Guáimaro, vicepresidente de la República.

En el ejercicio de ese cargo viajó a los Estados Unidos con la misión de unir a los emigrados cubanos que andaban a las greñas y conseguir recursos para la guerra. Allí lo sorprendió la destitución de Carlos Manuel de Céspedes y como a él le correspondía en derecho la presidencia de la República intentó regresar a la Isla en varias ocasiones sin conseguirlo.

Casi diez años deambuló por tierras del norte engañado por los que decían simpatizar con la independencia de Cuba y luego le negaban un peso.

Finalmente el 22 de febrero de 1877 falleció víctima de un cáncer en la ciudad de Nueva York en medio de la miseria más extrema el poderoso terrateniente que bien hubiese podido enchapar con oro el piso de su casa.

 

 

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