Momia de Matanzas

Descubre las raras manías funerarias de los matanceros del siglo XIX

Desde los faraones hasta nuestros días muchos son los que en vida hacen todo lo posible por asegurarse un cómodo pasaje al otro mundo, esperanzados quizás en la posibilidad de una segunda vida. En la ciudad cubana de Matanzas, por no ser menos, durante el siglo XIX proliferaron algunas costumbres funerarias que pueden ser clasificadas como inusuales en Cuba.

En la Atenas de Cuba durante la centuria decimonónica se hizo muy popular entre las familias más ricas el embalsamamiento de los difuntos antes de su inhumación. Tan extendida llegó a estar la práctica que, incluso, algunas clínicas privadas comenzaron a ofrecer el servicio en la prensa. Mas, los precios eran tan caros que – a pesar de la última voluntad del muerto – muchos familiares optaban por enviarlo al otro mundo en las mismas condiciones en que abandonó este.

La conservación de cadáveres en la Atenas de Cuba fue, sin dudas, una moda, pero también una necesidad. La rica sacarocracia matancera tenía sus ingenios en la llanura de Colón pero en muchas ocasiones residía en París, Londres y Madrid. Esa es la razón por la cual en el Archivo Histórico de Matanzas, existen tantos documentos que dan fe del tráfico de cuerpos embalsamados de un lado a otro del Océano Atlántico.

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En el Museo Provincial Palacio de Junco de Matanzas se exhibe uno de estos cadáveres momificados, el de Margarita Ponce de León Heredero que en calidad de cuerpo conservado ingresara al cementerio de San Carlos de Borromeo desde otro camposanto.

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Si muero que me conserven en ron

Un manuscrito timbrado, dirigido al Capitán General de la Isla de Cuba, y con fecha 2 de julio de 1882, que se conserva en el Archivo de Matanzas, hace referencia a la última voluntad de Franklin Shute, capitán del bergantín americano J. H. Lane surto en la rada matancera de que, en caso de muerte repentina: “(…) su cadáver fuera colocado en una pipa de ron según costumbre, y trasladado hasta el mismo lugar de residencia de su familia”.

Sin ningún tipo de asombro la petición fue aprobada por las autoridades coloniales y el traslado se realizó el 24 de julio.

El caso es que, ser conservado en ron y regresar a su patria de origen podía representar para las familias de cualquier extranjero que falleciera en Cuba un considerable ahorro: el ron era barato, y la momificación bastante cara. Además, ser enterrado en suelo cubano podía llegar a costar hasta 35.00 pesos oro, una pequeña fortuna… Así que, era más rentable cargar con el muerto a otra parte.

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