Conoce la historia del Conde Barreto en Cuba

Conoce la historia del Conde Barreto en Cuba

Jacinto Tomás Barreto y Pedroso fue un noble y político español de origen cubano (nacido en la Habana en 1718) que fue Alcalde ordinario de La Habana entre los años 1761 y 1768 y por despacho del primero de agosto de 1786, se le concedió el título de Conde de Casa-Barreto.

Lo que cuenta la historia, y su leyenda que le sigue, el Conde Barreto era un hombre malo, malo de verdad. Implacable con los esclavos, era peor aún con los negros fugitivos que lograba capturar en sus exitosas rancherías. Con el pretexto de darles limosnas, solía reunir en el patio de su casa a grupos de mendigos y cuando estos eran ya numerosos, les azuzaba los perros, que saltaban sobre ellos.

Los menesterosos pensaban que aquellos canes eran los mismos con los que el Conde perseguía a los esclavos y, aterrorizados trataban de huir a como fuera. En realidad eran perros menos fieros que los otros, pero el pánico de los congregados en su desespero por salirse del recinto causaba un efecto mayor que las fauces de los animales. Al final del macabro espectáculo, Barreto repartía las limosnas prometidas y recompensaba con una mayor cantidad a los que presentaban heridas más graves.

Una de sus mansiones se hallaba en las cercanías de Puentes Grandes y la Avenida 51, bordeando el Río Almendares en dirección al norte hasta la costa. Se dice que los carreteros temían transitar por aquellos apartados parajes: decían que una luz misteriosa salida de no se sabe dónde, se posaba sobre los yugos de los bueyes que tiraban de las carretas. Los vecinos le llamaban la casa de los perros, por los dos canes de bronce que todavía en la década de 1960 custodiaban la entrada de la casa en ruinas y que remedaban ejemplares de la feroz jauría negrera del Conde. Esta Zona donde la leyenda describe las posesiones del Conde Barreto fue donde éste enterró fabulosos tesoros, valiéndose de esclavos que después mandó matar. Fortuna que por cierto nunca apareció.

Llegó el Final…

Los días 21 y 22 de junio de 1791 una tormenta se hizo sentir con fuerza y la zona de Marianao resultó de las más afectadas por el desbordamiento del Almendares. Barreto murió en medio de la tormenta. En la tenebrosa noche del 21 de junio «estaba de cuerpo presente en la sala principal de su hermosa casa de La Ceiba; luego de escucharse como un trueno lejano seguido de un ruido semejante al de un trepidar de carros sobre un pavimento pedregoso y el estruendo de cien piezas de artillería que disparaban al mismo tiempo, puertas y ventanas de la casa se rompieron con estrepitoso y ensordecedor fragor y un océano penetró en la estancia derribando todo lo que encontraba a su paso. Cuando la ola se retiró en medio del resplandor siniestro de los relámpagos, llevó consigo el sarcófago donde yacía el cuerpo sin vida del Conde.

Solo quedó en pie una imagen de bulto de Cristo crucificado que Barreto acostumbraba azotar en sus crisis de sadismo, y que hoy, aseguran Mondéjar y Rosado, se conserva —el llamado Cristo de Barreto— en la iglesia de María Auxiliadora, en Teniente Rey y Compostela.Sus aguas arrasaron viviendas, caminos, puentes de sillería y cuanto encontraron a su paso. La mansión del Conde en Puentes Grandes, sufrió daños de consideración; era la tenebrosa noche del 21 de junio de 1791.

Los restos del Conde nunca aparecieron, dicen los autores del libro ‘Marianao en el recuerdo’; Félix Mondéjar y Lorenzo Rosado, que en el índice del libro nueve de defunciones de blancos que obra en los fondos de la parroquia del Espíritu Santo aparece asentado el nombre de Barreto y remite al folio 46 del volumen donde debió inscribirse la defunción del sujeto, pero esta página fue arrancada. Muchos años después el poeta Julián del Casal relataba en una crónica, que el día del entierro, cuando los familiares del conde quisieron cargar el sarcófago para llevarlo a la necrópolis, los sorprendió su peso. Lo abrieron y estaba lleno de piedras.

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