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Ciclón Flora, el fenómeno metereológico más terrible de los recordados en Cuba

Todo acaeció en solo cinco días (4 al 8 de octubre de 1963).  Tan vertiginosamente, y con tal grado de destrucción que algunos hoy, como María Rodríguez, solo pueden contarlo a rafagazos.



“El río todavía no estaba desbordado, pero de momento vimos que una masa de agua sucia se nos venía encima. Tenía un metro de altura”, recuerda así ella la tragedia, signada por un nombre: Flora.

Esa inesperada “marea” era el presagio de una inundación diabólica e inusitada. “Por poco me ahogo, la corriente me llevaba, pero tiraron una soga y me halaron”, evoca esta mujer de 57 años, habitante entonces del barrio de San Rafael.

Ante la eventualidad y la persistencia de las nubes en enviar “chorros” de líquido hacia abajo, su familia tomó la decisión de dividirse: unos fueron a la casa de un primo de María, y otros a la de Orlando, su hermano. “Aquello empezó a subir por segundos, parecía que alguien, apurado, le estaba echando cubos gigantes de agua carmelita. Los que estábamos en la primera casa sobrevivimos de milagro. Mis padres, cuñadas y algunos sobrinos quedaron en la segunda vivienda, hecha con tablas fuertes y situada en un lugar alto y aparentemente con mayor seguridad”.

Transcurrían las primeras jornadas de octubre de 1963, las más angustiosas en la vida de miles de personas que, como ella, habían escalado los techos o copas de los árboles para poder sobrevivir. “Vi pasar por aquel mar de chocolate unas cuantas vacas muertas, caballos, ollas, cunas, mesas, árboles… todo tipo de cosas. Estuvimos varios días en el caballete, pasando frío, sin comer nada”.

“Cuando amainó y caían solo lloviznas se filtraron unos rayitos de sol. El agua empezó a bajar lenta, muy lentamente. Vino entonces lo peor…”

Presurosos, María y los suyos acudieron al sitio donde habían dejado a sus padres. “El agua arrancó la casa completa. No había nada. Ellos no estaban… (al narrarlo no puede contener los sollozos). Perdí a mi papá y a mi mamá de un golpe… ¡a 14 familiares!”

“A mi padre lo arrastró la corriente cinco kilómetros. A pesar de sus 70 años pudo nadar y aguantarse de un árbol, pero murió allí de frío. Logró partir unas ramas para cobijarse, pero su corazón se heló”.

A mi madre, que no sabía nadar, la hallaron el mismo día un kilómetro más adelante. Tenía 67 años y se llamaba Silvana. Los cuerpos de los que estaban en esa casa con ellos jamás aparecieron. Resultó terrible”.

Todo acaeció en solo cinco días, tan vertiginosamente que algunos solo pueden contarlo a rafagazos.

Océano en el valle

Las anécdotas de María no son las únicas con halo de amargura. Incontables pobladores de la región oriental poseen historias marcadas por una palabra: Flora, un huracán de moderada intensidad que dejó tras su errático e increíble galopar sobre Cuba casi 1 200 muertos.

“A mí me rescató un helicóptero”, dice uno de sus sobrevivientes. “Cuando regresamos del albergue de evacuación en la casa solo estaba la tinaja”, comenta Elpidio, vecino de Cauto Cristo. “Aquí nos salvamos porque el agua partió la carretera y por ahí se fue”, dice otro habitante de este poblado. “Nos llevaron a mi tío y a mí en un anfibio para Holguín, en esos días debimos alimentarnos de calabazas crudas, cogidas de la creciente por él, con un palo”, narra Luis Carlos, quien andaba de paso por Saladillo.

“Mi madre falleció el tres de octubre y apenas pudimos velarla, porque ya Flora venía con su látigo”, acota con pesadumbre Mirtha, quien reside en un reparto de damnificados (del poblado de Río Cauto) que hoy lleva el nombre del fenómeno metereológico.

Las lluvias torrenciales (se reportaron 735 milímetros en 24 horas y más de 1 200 en cuatro días) desbordaron arroyos y ríos (Salado, Cautillo, Bayamo, Contramestre…)  provocaron en el valle del Cauto un devastador “océano carmelitoso” que en algunos parajes alcanzó decenas de kilómetros a la redonda.

“El ancho que tenía la inundación y la corriente, en el medio de la provincia de Oriente, y lo digo como testigo presencial, era del ancho de la desembocadura del Amazonas”, diría Fidel en noviembre de 1998.

Años atrás, en mayo de 1969, había hablado con números escalofriantes sobre esos desbordamientos: “El río Cauto en determinados puntos alcanzó un ancho de 80 kilómetros, y 80 kilómetros no los tiene ni el Amazonas.  Y de buenas a primeras, en unas horas un río Amazonas se formó en la provincia de Oriente”.

Él mismo, en su afán de participar al máximo en las tareas de salvamento estuvo a punto de perecer en las cercanías de Cauto Cristo. Recorrió en helicóptero, jeep, anfibio y hasta a nado, por las principales zonas afectadas, incluida la región de Bayamo (puesto de mando de las operaciones de rescate), donde caprichosamente el organismo tropical hizo un nudo, jamás imaginado.

“El carro anfibio en que viajaba el Comandante Fidel  y Secretario General del Partido Unido de la Revolución Socialista de Cuba (PURSC), se hundió cuando trataba de cruzar las fuertes corrientes del río La Rioja, estando a punto de ocurrir un grave accidente si no es por la rápida intervención de campesinos y soldados…”, informaba el periódico Revolución en su edición del martes 8 de octubre.

También él dirigió con todas sus energías las arduas tareas de recuperación…

Si no llega a ser por la rápida actuación de él,  de las autoridades del PURSC y del Estado, el Flora hubiera dejado, según cálculos, más de 20 000 muertos.

Fidel Castro estuvo a punto de morir al hundirse el tanque anfibio en que viajaba

Más de 100 000 personas perdieron todas sus pertenencias en los cinco días…

“Horrible espectáculo. Todo parece un campo de concentración después de una preparación artillera, debilitado por las masas de tanque y la infantería en pleno fuego (…) En el trayecto tuvimos una baja de consideración. Impresionado por el espectáculo que veían en los techos de las viviendas, un piloto se entretuvo y bajó tanto, que empujado por el aire el aparato cabeceó y cayó desplomado por el agua. Ahora, clavadas contra las cercas o colgadas sobre ellas, infladas, aparecen también personas que se encuentra uno en todo el trayecto…”

Así narró el ya desaparecido Comandante de la Revolución Juan Almeida Bosque, en su libro Contra el agua y el viento, el extraordinario destrozo provocado por el huracán Flora en Cuba y especialmente en el oriente del país, donde abundaron los accidentes en el afán de rescatar a las personas.

Este evento de la naturaleza es, después de la gran marea de Santa Cruz del Sur (1932), que dejó unos tres mil muertos, la mayor catástrofe natural que recuerde la nación cubana. Comúnmente se ha creído que no traía grandes vientos, pero en algunos puntos se reportaron rachas superiores a los 150 kilómetros por hora.

Más de 100 000 personas perdieron todas sus pertenencias en los cinco días en que el huracán dibujó el nudo, destruyó más de 10 000 viviendas y obligó a evacuar a más de 175 000 ciudadanos. Muchos puentes y cientos de kilómetros de vías asfaltadas y férreas también quedaron destruidos.

Y aunque los mayores estragos se localizaron en zonas bajas y en poblaciones próximas a Río Cauto (Aguas Verdes, Cauto Embarcadero, Guamo Viejo…) donde se calculan unas 700 víctimas fatales, el ciclón dejó huellas en disímiles lares, incluidos muchos de la Sierra Maestra.

“Yo viví el derrumbe de Pinalito, en Guisa. Tenía nueve años”, subraya exaltado Eddy Martínez, corresponsal en la actualidad de Radio Bayamo. “Una loma entera se deslizó espectacularmente, sepultó un caserío completo y trancó el río Guamá para formar una inmensa laguna en medio de la serranía.

“A la distancia observé cómo empezaban a desplazarse cientos de toneladas de tierra, piedras y plantas. Corrí con el alma, como nunca en la vida, hasta llegar a otra montaña cercana. Decenas de personas quedaron tapadas por aquella mole”.

Noel Almarales, quien perdió cinco familiares allegados en esas fechas, cuenta que conoció otros derrumbes no muy lejos de La Ahumada, también en Guisa. “Sé que un hijo de Antonio Galán quedó atrapado debajo de una piedra, el padre trató de sacarlo, pero en ese momento se avecinaba otro deslizamiento. Solo atinó a acariciarle vehementemente una oreja como último gesto de despedida”.

Otro episodio notorio, recogido por Juan Almeida en el citado texto, acaeció en Guamo Viejo, no lejos de Río Cauto: “Unos individuos, creyendo que el mundo se acababa, comenzaron a dar machetazos a todos sus circundantes. Fue una especie de locura que dejó varias víctimas mortales”.

Del Flora nacieron otras anécdotas reales con acento de película: el minusválido que cruzó las aguas encaramado en un fogón, el niño que salvó la vida gracias al providencial agarre de un majá, la muchacha que dio a luz en una barbacoa y debieron cortar el cordón umbilical con un machete encontrado bajo las aguas, los fragmentos de un cuerpo que aparecieron luego entre arrozales cuando los cultivadores usaban la hoz…

Recorrido del ciclón Flora

Los mejores relatos

Sin duda, las anécdotas más conmovedoras están enlazadas con los impresionantes actos de solidaridad surgidos en los momentos más difíciles y cruciales.

Hubo muchos que pusieron en peligro sus vidas por salvar a otros, que nadaron metros contra la corriente para auxiliar a un desconocido. Hubo quienes se hermanaron para siempre después de compartir sus suertes varias horas, colgados de las ramas de una planta.

“No se me olvida que los helicópteros no cesaban de auxiliar a la gente. Por eso sobrevivieron cientos de personas. Si llega a ser en otro gobierno casi nadie hubiera hecho el cuento. Después de la tragedia, el Estado nos ayudó mucho, con ropa, alimentos, muebles, viviendas…”, señala Mirtha Rodríguez mientras pasa una mano por la frente.

Fidel Castro, el 12 de octubre, cuatro días después del paso del huracán apuntaría:

“El dolor de uno es el dolor de todos, las pérdidas de uno son las pérdidas de todos”. Y el día 21 diría a la nación: “Tenemos fuerzas para luchar contra 10 Floras y contra cincuenta invasiones mercenarias”.

Mirtha recuerda perfectamente esos detalles y la estremecen. “Ese bicho también nos dejó muchas lecciones para el futuro y para aprender a luchar contra las furias de la naturaleza”, sentencia con los ojos aún húmedos, con la mirada fija en un remoto atardecer…

Escrito por | Redacción TodoCuba

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