Caucubú, la india más bella de Guamuhaya

Caucubú, la india más bella de Guamuhaya

La villa de la Santísima Trinidad, declarada en 1988 por la Unesco Patrimonio Cultural de la Humanidad, conserva muchas leyendas atractivas como la de Caucubú, considerada la india más bella del cacicazgo de Guamuhaya.

Además de hermosa, sobresalió por su gran amor y fidelidad por el indio Naridó, en lo que también confluye una historia de rebeldía frente al odio y la fuerza representada por los conquistadores españoles, quienes fundaron a Trinidad en enero de 1514.

La Cueva Maravillosa es testigo mudo de lo que pudo en realidad ocurrir en esta historia.

De acuerdo con la leyenda era hija del cacique taino jefe de la comarca en que se encuentra hoy la ciudad de Trinidad.

Su padre soñaba con desposarla con un pretendiente que contara con poder superior al suyo y unirlo así a la dote de su hija.

Uno de los documentos consultados afirma que los caciques de Ornafay, Magón, Escambray, Sabana, Sabaneque, Jagua y hasta el lejano Camagüey, enviaban a sus primogénitos para pedir a Caucubú en matrimonio.

Todo era en vano, porque ella rechazaba el amor expresado por los jóvenes.

ENTRELAZADAS REALIDAD Y LEYENDAS

El investigador y escritor Hernán Venegas Delgado en su libro Trinidad de Cuba: corsarios, azúcar y revolución en el Caribe destaca que a la llegada de los españoles el propio Adelantado Diego Velázquez de Cuéllar ‘atestigua la existencia de un poblado indígena llamado Mancanilla’.

Según carta del 1 de abril de 1514 Velázquez de Cuéllar le comentaba al Rey lo anterior, en la que se considera la primera referencia escrita conocida al respecto.

Allí las huestes europeas se encontraron con los caciques Manatimahuraguana -aparece en otros textos como Manatiguahuraguana- y Caracamisa, señala Venegas Delgado.

En este sentido se remite a la destacada investigadora Hortensia Pichardo en Documentos para la Historia de Cuba. La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 1971.

Y aunque no se habla de Caucubú -al menos en lo revisado- existe la probabilidad de que el cacique antes referido haya tenido una hija con ese nombre y que dicha historia tenga parte de realidad, pues muchas veces esta supera la ficción.

BELLEZA Y TALENTO

Cuentan que la joven era amable con las madres y hermanas de sus galanes, a quienes obsequiaba con primorosas hamacas salidas de sus talentosas manos y adornos confeccionados con el oro de las tierras de Majubina o Arimao.

Para aquellos que desconocían su secreto, Caucubú vivía sin amor y por eso sentían lástima hacia la joven india; sin embargo, ella amaba y era correspondida, pero su progenitor no podía conocer de esa relación, ya que se opondría.

El joven indio Naridó fue el escogido por ella, pero este no tenía el nivel social requerido, era pobre y dependía de la caza y la pesca para contribuir al sustento de su familia.

Naridó -como todas las historias donde impera el romanticismo- estuvo una vez a punto de morir de pena cuando el padre de Caucubú pretendió mandarla a conocer a su futuro esposo, el joven cacique Guacabino.

Y esta vez la suerte estuvo del lado de los enamorados, ya que un día antes de marchar hacia los dominios del valiente indio de Guacanayabo un correo informaba que los caribes preparaban una expedición y se pensaba que fueran hacia donde radicaba Guacabino.

El destino entonces favoreció a los enamorados, pues el padre de la joven suspendió el viaje para no exponerla al peligro; más tarde se conoció que los caribes vencieron a Guacabino y lo mataron en el enfrentamiento.

UNIDOS POR EL AMOR

Caucubú y Naridó enfrentaron todo tipo de intrigas y envidias gracias a la fortaleza de su amor.

Sin embargo, la presencia de los colonizadores españoles -que fundarían en Trinidad la tercera de las siete primeras villas de la Isla- acabó con la apacible vida de los tainos de la región.

Al arribo del Adelantado Diego Velázquez, otros que luego lo acompañaron se admiraron en las fiestas que celebraban los indios de la belleza de la muchacha.

Cuando se fundó la oficialmente conocida como villa de la Santísima Trinidad creció el maltrato hacia los indígenas, a la vez que los españoles trataban de conquistar el amor de Caucubú a la fuerza.

Todo se agravó con la llegada del sanguinario Vasco Porcallo de Figueroa, quien al contemplar la hermosura de la joven quedó prendado y, obsesionado, quiso obtenerla a toda costa.

Venegas Delgado, apoyándose en otros estudios, evalúa a Vasco Porcallo como un ‘hombre sumamente tenaz, y ya con toda un aura de leyenda por sus riquezas en las villas del centro de la isla, su especie de harén particular y se dice que sus más de cien hijos’.

Del asedio de este español, según la leyenda, escapó Caucubú y para ello caminó días y días hasta refugiarse en la oscuridad de La Cueva Maravillosa, donde dicen que murió, quién sabe si de hambre, de frío o quizás de amor.

Narran que a la entrada de la gruta las personas ponían durante muchos años alimentos y flores.

Naridó también perdió la vida o se la quitó él mismo, tras conocer el fallecimiento de su amada.

TRINIDAD ARROPADA POR LEYENDAS

Trinidad cuenta con otras leyendas como la Poza de Ma Dolores, un sitio que se dice era muy concurrido por una curandera que sanaba con agua; La resurrección de Juan el Bobo; los Enterramientos de oro del marqués de Guáimaro y la más conocida, la de la Torre Manaca Iznaga.

Se plantea que el marqués para preservar el secreto del lugar donde escondía su oro ordenaba matar a los esclavos que lo acompañaban.

Han transcurrido los años y con ella llegó hasta nuestros días la referida al insólito casamiento de un muerto, John William Baker, quien adecuó su apellido y lo transformó en Bécquer.

El libro La Trinidad, embrujo del Nuevo Mundo, de Raúl I. García Álvarez, expresa: ‘el hombre muere sin haberse podido casar otra vez (su primera esposa había fallecido), aunque se dice que lo casaron muerto, y que la ceremonia fue inscripta tres meses atrás’.

Lo simpático de la historia es que durante la ceremonia para cuando ‘el cura pidiera la aprobación del casamiento, colocaron debajo de la cama a un amigo de la familia’.

‘De esta forma el muerto vivió y legitimó con su boda a los hijos que recibieron, al igual que los de la primera mujer, las herencias correspondientes’, cuenta García Álvarez.

Trinidad rebosa ese sabor colonial de calles empedradas, con mansiones y palacios, tejas acanaladas, balaustres, patios interiores donde reina la frescura y, enclavada entre el mar y la montaña, todavía disfruta de aquellas leyendas trasladadas de generación a generación.

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