Img2 - Así luce un clásico guajiro de los que podemos encontrar a diario en los campos cubanos.
El guajiro cubano, un símbolo de la Isla desde hace más de dos siglos

Mil teorías se han creado acerca del surgimiento del vocablo para designar a los habitantes de los campos cubanos. La más conocida en las redes, y a la vez la más errada, es la de pensar que la palabra proviene de la leyenda que cuenta que cuando las tropas norteamericanas desembarcaron en Cuba, tras la Guerra de Independencia de 1895, le llamaron a los combatientes cubanos War Heroes (Héroes de Guerra). Esto para el oído de las tropas campesinas cubanas, con nulo conocimiento del idioma inglés, le sonaba como Guajiro. Esta famosa versión es un gran error histórico porque antes de esa fecha ya el campesino cubano era llamado guajiro, pero eso es otra historia para otro momento porque ahora les contare de sus costumbres de siempre, muchas de las cuales han llegado a nuestros tiempos.

El traje de los guajiros antiguamente consista en unos holgados pantalones, atados a la cintura con un grueso cinto de cuero, una camisa de lienzo de varios colores, su pañuelo de seda o algodón alrededor del cuello y sobre su cabeza ostentaban su sombrero de yarey de ancha copa. Siempre han viajado a caballo, armados invariablemente con su machete y dispuestos a detenerse para charlar con cualquiera que se encuentran en el camino. Su alimentación siempre fue distinta a las de las ciudades, siendo ellos los verdaderos exponentes de la cocina criolla. En todas las épocas, aun en las más difíciles, han tratado de hacer dos comidas al día, siempre acompañadas de café, y esta bebida estimulante en particular no les puede faltar al levantarse por la mañana.

Cuadro del pintor cubano Eduardo Abela con la representación típica de los guajiros cubanos.

Su hospitalidad es legendaria y si uno acierta a estar presente cuando anuncian la comida, ni siquiera se toman el trabajo de invitarlo, pues esperan como la cosa más natural del mundo que se siente a la mesa y coma de lo que haya. Rehusar hacerlo, a menos que compruebe que ya ha comido, puede ser considerado hasta una ofensa. Mi abuelo materno, un guajiro rellollo, me contaba que su almuerzo diario más común era la carne de puerco frito y el arroz hervido, acompañado siempre con plátanos fritos o asados. Por la tarde a veces comían carne de vaca, tasajo o un buen ajiaco. Este suculento caldo, nacido en los campos cubanos, se componía de carne fresca de vaca o de puerco, y de toda suerte de vegetales, maíz tierno y plátanos verdes. Para espesarlo no faltaba la malanga y servido caliente se le exprimía un limón. El abuelo mío en particular, que lo recuerdo siempre como un pichón de isleño rechoncho y de buen comer, le gustaba servirse en las noches de los chicharrones guardados en su propia manteca en las latas de aceite vacías. O disfrutaba de un pedazo de tasajo brujo de vaca, llamado así porque aumentaba mucho su tamaño al cocinarse, acompañado de una buena colada de café.

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Para divertirse siempre han gustado de las peleas de gallos finos, celebradas por lo general los domingos, donde se reunían a disfrutar de un buen aguardiente y compartir con amigos y vecinos entre rencillas y gritos que eran olvidados tras salir de las vallas. Aunque muchas costumbres se han perdido, otras sobreviven y lo harán mientras haya guajiros en los campos cubanos.

Así luce un clásico guajiro de los que podemos encontrar a diario en los campos cubanos.

  

 

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