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Una leyenda guajira: “La temible bola de candela o el espanto en los campos de Cuba”

Todo pueblo es fuente viva de leyendas y Cuba no se queda atrás, con sus asombrosos “cuentos de guajiros” que podrían llenar muchos tomos de excitante y amena lectura. Cualquiera de sus temas cautivaría la fantasía del lector, porque el campesino cubano es muy impresionable e imaginativo, y los campos de la Isla tienen una singular cualidad embrujada que concede raras aventuras a los viajeros extraviados en la noche.

Siempre será una experiencia inolvidable compartir con nuestros guajiros una mesa de dominó, o un animado guateque donde se baila, se bebe ron al compás de un tres y un laúd templados con maestría inigualable, y florecen los cuentos de aparecidos, pero si esto sucediera en Villa Clara, entonces será inevitable escuchar sobre las andanzas de dos personajes que parecen patrimonio exclusivo de aquellos lugares: la temible bola de candela y su inseparable compañero, el perro sin cabeza.

Paraíso de costas pantanosas ricas en manglares, con sus hermosas playas de cayo Ensenachos y cayo Santa María, repletas de sabrosos mariscos y formidables para el buceo, nadie diría que en Villa Clara se puede tener un enfrentamiento temible con esta misteriosa entidad ígnea que ya asustaba a los aborígenes ocupantes de la región antes de la llegada de los españoles.

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Fueron ellos quienes contaron a los conquistadores sobre esta deslumbrante aparición. Pero en 1689 la bola también persiguió a quienes, huyendo de los ataques de corsarios y piratas, fundaron la ciudad de Santa Clara, capital de la provincia, y en siglos posteriores también acosó a los mambises del Ejército Libertador, que comentaban en voz baja sobre ella junto a las hogueras de sus campamentos; más tarde a los pescadores de Caibarién; luego a los bañistas de las salutíferas aguas termales de Elguea, y siempre a todo el mundo. La bola de candela y su perro, “no tienen paz con nadie”, como dicen jocosamente los cubanos.

La bola suele aparecer en encrucijadas, cementerios, pantanos, campos abandonados y cualquier lugar que se le antoje, siempre que esté deshabitado.

Quienes la vieron la describen como una esfera ardiente. Se muestra de cualquier tamaño, y aunque los científicos han pensado que pudiera tratarse de un rayo esférico, fenómeno eléctrico perfectamente explicable por las leyes de la física, la hipótesis tropieza con el hecho de que los rayos esféricos que han sido identificados como tales tienen el tamaño de un puño y algunos son, incluso, menores, mientras las misteriosas bolas de fuego villaclareñas han sido descritas como enormes. Para empeorar el asunto, los campesinos cubanos, irónicos y pícaros por naturaleza, cuestionan a los sabios con cierto desparpajo: “¿Qué rayo esférico anda en compaña con un perro descabezao?”

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Las apariciones de la bola de candela son muy caprichosas y variadas, como si jugara con posibilidades infinitas para no cansar el susto de sus víctimas. Por ejemplo, una vecina de Villa Clara contó al célebre etnólogo Samuel Feijóo que, en su niñez, veía todas las noches una bola que arrastraba una cadena y brincaba de árbol en árbol hasta tomar rumbo al cielo. La leyenda tiene otra variante donde la bola se presenta acompañada por aparecidos o espectros que se abalanzan sobre los desprevenidos trasnochadores.

Algunos campesinos han asegurado a los etnólogos que la bola misma a veces se convierte en un muerto envuelto en un sudario y con un enorme tabaco encendido colgando entre sus mandíbulas descarnadas, que los persigue por largo trecho.

Una de las más imaginativas variantes de la leyenda alude a la línea férrea como escenario de cierta bola de fuego que solía acosar al maquinista de un tren villaclareño que atravesaba la vía cada madrugada a la misma hora. El pobre hombre, en cuanto la veía aposentada en medio de los rieles, comenzaba a detener la locomotora por miedo a impactarse contra el fenómeno, pero siempre que le faltaban apenas unos metros para el choque, la bola desaparecía como si se diluyera en el viento.

La bola de candela traspasó las fronteras de la mitología nacional para entrar en la literatura de la mano del escritor Oscar Hurtado, quien la recreó en Los papeles de Valencia el Mudo, relato magistral donde introdujo el personaje de Valencia, hombre de aristocrática condición y riquísimo hacendado convertido en vampiro por amor a su esposa, la mulata haitiana Eva Marie Duvalier. En pasajes que clasifican entre los más espeluznantes de la literatura de horror escrita en Cuba, Hurtado hace comparecer a la bola, acompañada esta vez por otra típica entidad mitológica de nuestro folclore: la cucaracha gigante cuyo vuelo mefítico arrasa los campos.

Verdadera o falsa, la bola también ha trascendido del imaginario campesino a la mesa de banquetes, de manera que hoy, quien visite Villa Clara y no se tope en persona con la calenturienta esfera puede tener, al menos, un encuentro sustituto con su acompañante canino en los restaurantes que ofrecen platos típicos de la región, donde aparece esta curiosa oferta:

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