La Periquera

Descubre la triste leyenda de los amantes de la Periquera

Uno de los edificios más emblemáticos de la ciudad de Holguín en el norte de Cuba es la Periquera. El inmueble está estrechamente vinculado a la historia de la urbe nororiental pues ha sido prácticamente de todo en su larga existencia, desde sede del Gobierno español hasta biblioteca… Sin embargo, muchos no conocen que sus galerías encierran una sórdida leyenda de amor prohibido entre un oficial español y una dama criolla de la alta sociedad.

La historia, en la que se mezcla verdad y fantasía como en toda leyenda, data de cuando gobernaba la villa Don Agustín Peláez, quien estaba casado con una hermosa joven llamada Ana Sánchez Roblejo.

El gobernador español y su esposa vivían en la Periquera que entonces era la sede de las autoridades coloniales y fue allí donde Ana se enamoró de un apuesto capitán del Cuerpo de Voluntarios llamado Serafín Irioste.

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Ella cedió a los requerimientos del oficial y comenzó a escondidas de su esposo un tórrido romance. Cuentan que los dos se amaron por todos los rincones apartados de Holguín, desde los fortines de la loma de la Cruz, hasta los aljibes de la iglesia de San Isidoro. Mas, donde con más fuerza daban rienda suelta a su pasión era en los lúgubres túneles de la propia Periquera, casi en las narices del esposo de Ana.

Ella, después de misa se perdía de sus damas y escapaba por una pequeña escalera que daba acceso al túnel donde les esperaba Serafín. En el oscuro lugar daban por horas rienda suelta a su amor… hasta un día.

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No sería el gobernador quien los sorprendiera ese fatídico día, sino un voraz incendio que casualmente se desató en la Periquera en el justo momento en que yacían los amantes.

Ante la alarma de incendio la guarnición abrió las esclusas y los túneles se llenaron de agua en pocos minutos sin que los amantes tuvieran tiempo de escapar. Allí encontraron la muerte ahogados Ana y Serafín.

A él lo enterraron con la pompa y la dignidad propia de su rango y las fuerzas militares españolas le rindieron honores; a Ana la sepultaron en soledad y sobre su tumba colocaron el más agravioso de los epitafios:

“A doña Ana Sánchez Roblejo que pudo morir en su lecho lleno de virtudes y murió sin honra en el túnel de La Periquera”.

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