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Conoce la historia de la Macorina de Bejucal

Bajo el influjo de esta mujer de orgías señoriales, aparece en las Charangas de Bejucal, en la actual provincia de Mayabeque, una nueva Macorina: vestida con una antigua bata; abundantes rellenos en los senos, caderas y glúteos; una máscara hermosa, sin sonrisa; un pañuelo en la cabeza; una sombrillita de paseo; un abanico y un pañuelo, a ratos, para incitar a los caballeros. Tal señorona se mueve con un paso rítmico y corto, a la vez que contonea de manera picante sus carnes, «pellizcadas por el travieso o por quien tiene más de una copa en el coco», como comenta Juan J. Barona en un folleto publicado hace algunos años.

Las Charangas bejucaleñas de diciembre, nacidas en los primeros lustros del siglo XIX, constituyen, junto a los carnavales santiagueros y las Parrandas de Remedios y Camajuaní, uno de los jolgorios más emblemáticos de la Isla.

En realidad, en estas fiestas todo se conjuga para darle lujo al ceremonial: los bandos rivales La Espina de Oro, con su gallo de rojo abolengo, y La Ceiba de Plata, alacranera y azul; las enormes carrozas que se van elevando en el vacío llenas de audacia y acrobacia; las congas y comparsas; los bailables a ritmo del son; las farolas de papel de China, banderas y estandartes. Como añadido, en las calles mandan los sartenes, cohetes y fotutos enviados por el anticristo con el fin de provocar un ruido infernal.

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Pese a tal alboroto, la mayoría de los lugareños cree que es la casi mitológica Macorina de Bejucal quien le aporta al evento ferial su sello distintivo. Esta, dicho sea de paso, es la continuadora de varios íconos procesionales de la colonia, los cuales les dan paso, en el último siglo, a otros nuevos, como un tal Bajareque, con traje y sombrero de copa, quien le roba clientes y atención a los pregoneros del villorrio.

Esta Macorina debe una parte de su atractivo a las maromas de sus dos compañeros de chanzas: Urbano Oliva, un negro con dientes de marfil, un tamborcito y un cencerro, y Jesús Felipe Infiesto, el Cantor del Bosque, quien además de escolta, es el «cerebro» de diversas puyas popularizadas por espineros y ceibistas. Vale apuntar que tales creaciones, décimas o cuartetas, son anónimas, sorpresivas, hirientes y muy graciosas. En consecuencia, son oídas al paso del bohemio trío y celebradas por los danzantes callejeros.

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Cuando de casualidad
se salvó de la pelea,
el gallo que en gloria sea
tuvo la fatalidad
de creerse en calidad
de cantor desde su gajo.
Sus gallinas desde abajo
se burlaron del ronquido
y mandaron al marido
a la casa… del guanajo…

La mujerona es, en sí misma, una gran incógnita, como reconoce Carlos Lastra Mederos en Granma. Su perfecta apariencia hace presumir a los donjuanes que, en verdad, se trata de una fémina; los escépticos, en cambio, ven en su perfil grotesco a un hombre con disfraz. La verdad se conoce hace apenas unos años: Lorenzo Romero Miñoso personifica a este símbolo del desparpajo entre 1912 y 1962, sin descubrir jamás el hecho ni siquiera a sus cinco hijos.

Omar Felipe Mauri, en su obra De la mágica cubanía: Charangas de Bejucal, señala que la propia historia de Romero no deja de tener interés. Nacido en 1880, en Santiago de las Vegas, trabaja unos años como albañil en la Habana Vieja hasta que un accidente lo deja desempleado. Luego, se encomienda a la Caridad del Cobre y, para pagar una promesa, construye, en su nueva casa de la calle San Benigno, en Santos Suárez, una original capilla de caracoles, la cual es visitada muy a menudo por personalidades de la cultura de varios países y dirigentes de la izquierda como Juan Marinello, con quien la esposa de Romero mantiene estrechas relaciones.

Policía portuario y agente de aduanas hasta 1943, el sujeto asiste frecuentemente a las peleas de boxeo y los juegos de pelota de Bejucal, hasta que, un día, alrededor de 1910, se pone una falda bien ancha y una blusa variopinta de florecitas con el propósito de acompañar a una novena de béisbol en un desfile de carnaval. El hecho, inaudito para la época, provoca su inmediata detención; aunque, al final, los policías ceden ante una turba de simpatizantes, la cual amenaza con asaltar la cárcel. Dos años después, la naciente Macorina se incorpora a las Charangas donde el coqueteo, la sandunga, las bromas, las parodias y las «manitos sueltas» la harán inolvidable e imprescindible.

Romero muere en 1968 con una medalla mundana clavada en el pecho: su personaje antecedió por muchos años al Antonio Gasalla de Mamá Cora en la cinta Esperando la carroza y al Dustin Hoffman del filme Tootsie, pero nunca ha perdido ni un ápice de vigencia. Su Macorina continuará encabezando los coros de los viejos y novatos, quienes, sin ningún reparo, se beben el fuego rabioso de la conga más tradicional (Ay… me vengo cayendo, / yey… de la «juma» que tengo…).

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