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El circo en Cuba, una historia con más de 100 años

En nuestra infancia, flotando en un limbo sin tiempo, entre los mejores recuerdos, siempre está el circo. Magos, acróbatas, trapecistas, tragafuegos, domadores, payasos; y leones, monos, osos, perros… Son imágenes entrañables que guardamos como un tesoro.


En Cuba, hasta el 17 de noviembre de 1916, en que debutó en el Payret el circo Santos y Artigas, el sinónimo de circo era Antonio Pubillones. Cada invierno, con las postales de navidad llegaba “El Circo” o, como también decían, “los caballitos de Pubillones”. Esa compañía se presentaba, en noviembre y diciembre, en ese escenario capitalino que estaba arrendado por los empresarios Santos y Artigas quienes cedían el teatro esos dos meses a Pubillones.

Se cuenta que un día de 1915, Jesús Artigas, para complacer a un amigo, le solicitó un palco a Pubillones y este se lo negó. La respuesta de Artigas dicen que fue: “díganle al señor Pubillones que el año próximo Santos y Artigas tendrá su propio circo”. Así surgió el circo Santos y Artigas, que se convertiría en una leyenda a partir de entonces. Quién –al menos– no ha oído hablar de esa institución.

Otros nombres ligados al circo pueblan nuestra memoria. En el mayor linaje está el famoso Ringling, norteamericano, una compañía impresionante, quien la haya visto difícilmente la olvida. A partir de 1960 vinieron a Cuba notables circos de la entonces Unión Soviética primero y de China después. Numeroso era el elenco de los mismos y evidenciaban el progreso de un arte que conjugaba el talento natural con los estudios.

Los circos de pueblo

Sin embargo, en el sitio más entrañable de la nostalgia están los circos más humildes que viajaban de pueblo en pueblo: El circo Morales, el circo Montalvo, entre los más recordados; otros, cuyo nombre se ha perdido, muchos de los cuales estaban en la categoría de “circo ripiera” –por los remiendos de la carpas–, llegaban y se instalaban en los placeres en los que habitualmente jugábamos pelota, pero que cedíamos alegres a toda aquella tropa trashumante que todavía alimenta nuestros sueños. Muchísimos niños vimos por primera vez a un león o un mono en aquellos circos. Eran, es cierto, leones y monos muy flacos que no veían el agua con frecuencia y su hedor viajaba lejos, pero fueron nuestros primeros leones y monos, ¿cómo no agradecerlo?

Desde muy temprano llegábamos al circo, bien a las sillas o a “la guanajera” como les decíamos a las graderías. El espectáculo comenzaba antes del primer número propiamente circense: meterse con los “tarugos”, chiflarle a los “músicos”, gritarle al calvo o la gorda, era ya una fiesta que continuaba con los payasos. Un circo sin payasos no es un circo, ellos son el alma, el sostén de la alegría, el rostro de la risa. Los gimnastas, prestidigitadores, equilibristas, domadores, siempre necesitan de los payasos para equilibrar nuestras emociones. Todo va fluyendo, payasos de por medio, hasta el número cumbre, el clímax, que es el acto de los trapecistas. Ellos son las grandes estrellas del circo. El nivel de un circo está dado por la altura de los trapecistas. Son los reyes porque juegan con la muerte.

Durante su número no se habla, no se mira al lado, no se respira. El trapecista sube, sube, salta en el vacío, da uno, dos saltos mortales y cae en la memoria de la cual no saldrá nunca, confundido con Burt Lancaster, Tony Curtis y Gina Lollobrígida. No importa que sea el trapecista de un circo ripiera. El trapecio es lo máximo.

Con aquellos circos de Pubillones, Santos y Artigas, Morales, Montalvo… sólo compiten las primeras películas que vimos en el cine. Y en Cuba el circo y el cine marchan juntos en la historia compartiendo teatros, públicos, empresarios. Así, Santos y Artigas, además de ser pioneros en uno y otro, también construyeron el teatro “Capitolio” –después llamado Campoamor– y el teatro “Principal” de Santa Clara. Por su parte, la familia Morales se prolongó en la música. Muchas veces, durante las décadas de 1960 y 1970, los Moralitos aparecieron en la pequeña pantalla tocando diversos instrumentos, recordándonos aquellos tiempos en que éramos muy jóvenes y felices en la guanajera de un circo.

Escrito por | Redacción

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