Con solo acercarse a la bodega que estaba en la esquina de su casa podía comprar, recién extraída de la vaca, un vaso de leche al isleño que la vendía por un quilo.
Cuando los cubanos tomaban leche fresca en la puerta de su casa

Mi abuelo, habanero de pura cepa como yo, nacido en el corazón de Centro Habana a finales de 1897, me contaba como disfrutaba de pequeño poder tomar en las mañana un café con leche fresca de vaca. Con solo acercarse a la bodega que estaba en la esquina de su casa podía comprar, recién extraída de la vaca, un vaso de leche al isleño que la vendía por un quilo. Esta forma comercial supervivió en La Habana hasta principios del siglo XX. Existían dos maneras de llevar la leche a los clientes. Una de ellas, muy criolla, consistía en llevar las vacas directamente a las casas y ordeñarlas ante la vista de los clientes. Este era un método muy antihigiénico.

En el año 1855 se crearon en la ciudad lugares para el establecimiento de las vacas con el fin de que éstas, en establos limpios y adecuados, se alimentaran bien, pues al no tener los lecheros tierras para el pasto, el animal se alimentaba de residuos de comidas. Los establos fijados en esa fecha tuvieron una larga vida, así fue que mi abuelo, vecino de la esquina de Virtudes y Blanco en Centro Habana, me contaba que casi hasta 1930 existió en Virtudes y Consulado uno al que acudían los vecinos diariamente a comprar leche fresca.

Con solo acercarse a la bodega que estaba en la esquina de su casa podía comprar, recién extraída de la vaca, un vaso de leche al isleño que la vendía por un quilo.

 

En su artículo “El lechero”, publicado en La Habana Elegante, Ramón Meza nos dibuja este vendedor popular de leche: “Vestidos de género burdo y crudo, con el látigo de cuero cruzado por el cabo de cuchillo, los bajos del pantalón más arremangados de un lado que de otro y llenos de tierra roja, así se presenta al mediodía entre una verdadera tribu de vacas y terneros el lechero de a pie. Y en primer término va la vaca-guía que lleva atada al cuello una campanilla de sonoro metal.”

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No solo la leche de vaca tomaron nuestros abuelos, la abundancia de burreros hasta bien entrado el siglo XX era sorprendente y con estos su producto estrella: Leche de burra. Las burras continuaban recorriendo las calles, yendo de casa en casa a ofrecer su líquido, que era alimento preferido para los niños. El burrero era, por regla general, “pichón de isleño”, aunque también había cubanos “rellollos” en este negocio. Otra forma de venta ambulatoria de leche que existió en La Habana era la de conducir este líquido en botijas (vasijas grandes de hojalata) utilizando como medio de transporte la yegua, el caballo o la mula. Este lechero tapaba la boca de las botijas con hojas de maíz secas. Para servir la leche llevaba un jarro grande de lata. El paraguas para cubrirse de un posible aguacero y el sombrero de yarey para taparse del sol, eran elementos inseparables de este típico lechero campesino.  Por desgracia estas prácticas fueron desapareciendo y terminaron cediendo su lugar a las modernas industrias lecheras que formaron empresas de elaboración de leche pasteurizada, purificada y homogeneizada que era repartida en modernos camiones.

Otra forma de venta ambulatoria de leche que existió en La Habana era la de conducir este líquido en botijas (vasijas grandes de hojalata).

 

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