Todo sobre los íremes, los inquietos diablitos del rito abakuá

Todo sobre los íremes, los inquietos diablitos del rito abakuá

Los íremes o diablitos que tanto llaman la atención en los ritos abakuás son un conjunto de personajes de la liturgia de los ñáñigos que comprende a sacerdotes, hechiceros, acólitos, músicos, coros y otras representaciones de seres, generalmente con figuras diabólicas.

Se cubren generalmente los íremes con crudo tejido de saco de yute, aunque también pueden vestir con vistosas telas con dibujos geométricos de diferentes colores. En la cabeza usan un capuchón puntiagudo en el cual se simulan varios ojos. Detrás de la cabeza, un sombrerete circular con diseños emblemáticos de alto rango.

Usan los íremes a la cintura una faja con bullones de tela o “engayadura” a manera de sudario, que simboliza al muerto desenterrado. Del cuello, cintura, bocamangas, bocapiernas y en ocasiones las rodillas, llevan festones de soga deshilachada; mientras en la cintura y tobillos hacen sonar cencerros al bailar. En las manos llevan un itón o cetro y un ifán o rama de escoba amarga u otra planta ritual.

Según el sabio cubano Fernando Ortiz, los blancos les llamaron “diablitos” debido a la analogía con las mascaradas diaboliformes que en la antigüedad acompañaban las procesiones del Corphus Christi en España y en Cuba, donde la tradición perduró hasta las primeras décadas del siglo XIX.

Los diablitos ñáñigos pueden desempeñarse en funciones privadas o públicas, ceremoniales o folclóricas de pura diversión.

Personajes tradicionales de las tragedias ñáñigas, los íremes aparecen durante los plantes con sus vestiduras, atributos y contorsiones: el Eribangandó, para los ritos de iniciación; el Enkánima en su papel de purificador; el Aberiñán, el verdugo que sacrifica el chivo; y el Anamanguí, que sólo se deja ver en los ritos funerarios.

Todos representaban el espíritu de algún antepasado; criaturas de ultratumba, que ven y oyen pero no hablan, de modo que expresan sus sentimientos y estados de ánimo mediante la extraordinaria gestualidad de sus coreografías.

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