Nadie baila rumba como Malanga

Nadie baila rumba como Malanga

Por: Alejandra Angulo Alonso

Tal vez pocos cubanos recuerden a quien fue el más brillante de los bailadores de rumba hasta ahora conocidos. Su estirpe artística natural, la pasión de su cuerpo dejándose llevar por la música y ese halo de seducción que dejaba a su alrededor, hacían a José Rosario Oviedo más conocido como “Malanga”, incomparable.

Malanga nació el 5 de octubre de 1885 en el Ingenio “La Esperanza”, del municipio de Alacranes. José fue bautizado como hijo de padre desconocido y apadrinado por su abuelo materno, el esclavo de nación conga, José Quintero y la morena Saturtina Oviedo, madrina católica que se desempeñó como su madre de crianza.

Muy temprano, Malanga se convirtió en un bailador respetado y querido, siendo uno de los primeros que introdujo la rumba en la parte central de la Isla. En La Habana dejó bien sentada su fama de bailador entre los rumberos de los barrios de Jesús María y Los Sitios.

Cuentan las malas lenguas que vieron bailar a Malanga sobre la destreza de sus peripecias y pasillos que resultaban sorprendentes a primera vista. Así creó un estilo que sobrepasó al repertorio de otros bailadores. Fue el primero que danzó con cuchillos afilados en las manos, realizando difíciles y finas marcas sin dejar de bailar. Incluso, dicen que se subía sobre una mesa con un vaso de agua en la cabeza y hacía todo tipo de movimientos sin derramar una sola gota. Otra de sus ocurrencias era bailar con la punta de los pies, tal como lo hacen los bailarines de ballet.

Una historia muy divertida de Malanga, contada por un amigo suyo conocido por “Chencho”, fue que en 1927 este lo acompañó a una fiesta típica de las religiones yorubas para los santos en Ceballos, actual provincia de Ciego de Ávila. Entonces Malanga se destacó en una competencia de rumba con los bailadores reconocidos de la zona y éstos al verse aventajados por el matancero le lanzaron un maleficio.

Lo cierto es que si la rumba alguna vez cobró vida fue en Malanga. Por eso, el escritor cubano, Leonardo Padura, expresó en trabajo publicado en el periódico Juventud Rebelde en 1987 bajo el título La última rumba de José Rosario Oviedo que “Malanga era incomparable (…) había que verlo como se movía con los ojos vendados y un vaso de agua sobre la cabeza. Cogía dos cuchillos y empezaba a matarse y se daba mil puñaladas a una velocidad increíble, pero no con los pies parados, como lo hacen algunos, no, sino bailando, sin perder jamás el paso ni el ritmo. Si alguien te dice que ha visto otro rumbero igual, puedes decirle tranquilamente que es mentira, porque ese no vio a Malanga”.

 

 

 

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