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Morell de Santa Cruz, el obispo cubano que enfrentó a la iglesia católica en la Cuba colonial y fundó la apicultura comercial en la mayor de las Antillas

El obispo Pedro Agustín Morell de Santa Cruz fue, sin dudas, todo un personaje. Hombre culto como pocos en su época se le consideró siempre un progresista. Tanto que, incluso, no tenía muchos remilgos en visitar los cabildos africanos, donde, aseguraban las autoridades coloniales de Cuba se practicaba de forma oculta la brujería.

Nació Morell de Santa Cruz en Santiago de los Caballeros, en la vecina isla de La Española y desde niño se le consideró un prodigio. A los 20 años ya ocupaba una cátedra en la Universidad de Santo Domingo y poco después viajaba a Cuba recomendado para que fuera ordenado como sacerdote.

En la mayor de las Antillas ocupó el cargo de inquisidor, desde el cual, contrario a la costumbre de la época de quemar a los herejes por cualquier bobería, se mostró magnánimo y conciliador (la autoridades eclesiásticas horrorizadas descubrirían el porqué en su lecho de muerte).

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En 1754, tras ocupar igual dignidad en Nicaragua se convirtió en obispo de Cuba y ocho años después al ocupar los ingleses La Habana les puso cara fea y se negó a pagarles un duro por reparaciones de guerra, lo que motivó que los de Albión lo montara en un barco y los mandaran a darle sermones a los seminolas de la Florida.

Evacuada Cuba por los ingleses, Morell de Santa Cruz regresó al país. En su equipaje traía unas cuantas abejas de tierra norteña con las cuales fundó la apicultura comercial en Cuba.

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Preocupado siempre por los que más sufrían invirtió todo lo que tenía en obras de caridad para los más pobres.

Morell de Santa Cruz fue uno de los primeros escribir obras de carácter histórico como su Historia de la Isla y Catedral de Cuba, en la cual incluyó el poema Espejo de Paciencia (posibilitando que se salvara para la posteridad).

Falleció en La Habana amado por todos los pobres. En su lecho de muerte se burló de los curas que le ofrecían los santos óleos y confesó el terrible secreto que le había acompañado toda su vida: ¡Era criptojudío! Y murió exclamando “¡Oye, Israel, Dios es Nuestro Señor!”.

De más está decir que las autoridades eclesiásticas se cuidaron mucho de que esta confesión que les dejaba cara de bobos se hiciera pública. Sin embargo, no olvidaron el agravio y, cuando en 1777 se demolió la antigua Parroquial Mayor dejaron que sus huesos se perdieran para siempre.

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