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Las brujas del Escambray, la historia sobrenatural que se ha perdido en el tiempo

Según cuenta la historia, Hermenegildo había nacido y crecido en esa zona. Podía llegar con los ojos cerrados a cualquier paraje, ya que conocía cada piedra del camino. Pero cabalgando esa noche, no comprendía de donde podía venir aquella música extraña, porque atravesando el monte y por lo menos en seis o siete leguas a la redonda, no vivía nadie por allí. La música, en la medida que acercaba se hacía más contagiosa y ahora parecía que voces de mujeres cantaban alegres tonadas, en las cuales incluso le pareció escuchar por tres veces su nombre.


Recordó brevemente aquellas viejas leyendas de brujas que abundaban en los campos cubanos. Pero él no creía en esas tonterías. Después, no se asombró por un poco de niebla en la guardarraya, ni tampoco porque ya no podía ver los cañaverales a la orilla del camino, cuando se supone que ya habría salido del monte. De pronto, se encontró caminando por la calle principal de un pueblo que parecía desierto y que no debía estar allí. No le preocupó en ese momento qué había pasado con su yegua. Tampoco, de dónde había salido ese poblado, ni él como fue a parar allí. Solo le importaba llegar hasta el final de la calle, donde ya podía ver atractivos cuerpos de lindas mujeres danzando en derredor de un gran caldero burbujeante.

Cuenta que lo recibieron con agasajos y zalamerías llamándole por su nombre, como si le conocieran de hace mucho, pero en vez de hablar, recitaban. Eran tres mujeres jóvenes, alegres y hermosas, que no paraban de bailar. Una vestía de negro, otra de rojo y la restante de amarillo. Sus vestiduras eran abiertas, de manera que mostraban un muslo y algo más, tenían prolongados escotes que denunciaban agitados y vibrantes senos a punto de escapar.

La que vestía de amarillo le invitó a danzar, pero Hermenegildo con alguna pena, dijo que no sabía. La que vestía de negro, introdujo un cucharón en el caldero y con gran sonrisa le brindó a probar, más Hermenegildo negó con la cabeza. La que vestía de rojo se acercó despacio, con movimientos sensuales, mirándole a los ojos con una mirada pícara de pupilas brillando de pasión y sus gruesos labios entreabiertos. Se le pegó al cuerpo y enredó entre sus brazos.

Escuchó como las tres mencionaron en coro su nombre una vez más y esta le empujó levemente. Él cayó sentado sobre un tocón de árbol. La de rojas vestimentas se le sentó en las piernas y le plantó en la boca un beso que lo dejó sin aire. Entonces, le pareció que a lo lejos gritaban su nombre, pero esta vez era como un coro de toscas voces de hombre.

De pronto, la música cesó. La que vestía de negro, dio un brinco en el aire y se convirtió en una chiva prieta que salió a esconderse en la vegetación; la que vestía de amarillo, también saltó y al tocar el suelo ya se había convertido en una gata barcina, que se escurrió entre las cañas de aquel cañaveral que antes no estaba, pero debía estar. Hermenegildo quedaba asombrado, embobecido y le parecía como si acabara de despertarse de un largo sueño. Reapareció todo el paisaje tan conocido, pero ahora era de día. Aquí fue que sintió las voces de muchos hombres llamándole. Y los vio llegar. Le explicaron que ya llevaban buscándole hace veinte días. Pero Hermenegildo nunca pudo revelar, como fue que se perdió en aquella zona del Escambray, por él tan conocida; ni tampoco que hacía allí, sentado en un tocón de árbol, sosteniendo por el fondillo a una gallina jabá sobre sus piernas.

Por su puesto que mucha vergüenza tenía, porque hubo quien se pensó otra cosa con Hermenegildo y la gallina. Y no fue hasta muchos años después, que confesó esta historia de las tres brujas. O tal vez lo inventó, para quitarse el bochorno de la indecencia de encima.

Escrito por: Redacción

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