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La curiosa historia de “La Engañadora”, la mujer que convirtió la esquina de Prado y Neptuno en canción

En esta céntrica esquina de La Habana hubo, en el siglo XIX, un bodegón famoso. Era propiedad de los hermanos Álvarez de la Campa, padre y tío de uno de los estudiantes de Medicina fusilados en 1871. Pasó el tiempo y el establecimiento, convertido en un café, se llamó Las Columnas. La cosa no quedó ahí y más tarde el lugar fue conocido, primero, como el restaurante Miami y después, el restaurante Caracas.

En fecha más reciente, después de una remodelación, empezó a llamarse A Prado y Neptuno. En los altos de ese café estaban los amplios salones del Centro Castellano, que se alquilaban para bailes los fines de semana. Allí nació La engañadora, el primer chachachá, compuesto por el maestro Enrique Jorrín.

Se han dado varias versiones sobre el hecho que inspiró la célebre melodía. La más extendida y aceptada es la de la mujer, de generosa anatomía, que atacada por otra en ese mismo salón fue perdiendo todos sus encantos anteriores y posteriores, que eran artificiales; relleno nada más. Añaden los que esto cuentan que el compositor, que presenció la escena del desenmascaramiento, se retiró al sanitario y allí mismo escribió su tema musical.

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La versión que contó Jorrín, en 1987, a la periodista Erena Hernández, es bien distinta.

Un sábado caminaba el compositor por la calle Infanta y vio a una mujer muy provocativa y de formas exageradas. Detuvieron su marcha los vehículos, el policía de tránsito se desentendió de lo suyo, todos los hombres la siguieron con ojos codiciosos. Era algo descomunal.

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Un tipo se arrodilló en la acera, que todavía era ancha en la esquina de Sitios e Infanta, y empezó a rezarle como si fuera una virgen. Ella pasó junto a él y le lanzó una mirada despectiva. Al hombre le molestó aquello. «Tanto cuento y cuando vienes a ver es de goma», dijo el hombre a los presentes y todos rieron con su ocurrencia.

Esa noche Jorrín tenía baile en Prado y Neptuno. Siempre le llamó la atención una muchacha asidua al salón. Vestía invariablemente de lino blanco y había algo extraño en su figura. No jugaban las partes visibles de su cuerpo con las que tapaba la ropa. Era como si fueran dos personas.

La noche en cuestión, Jorrín va vio entrar. Ella, siempre tan elegante y vistosa, lucía desarreglada. Se fue directo al tocador y cuando salió era como si hubiese recuperado su porte. A Jorrín, que reparaba en lo que estimaba una desproporción en su figura, le sorprendió mucho más verla reaparecer como siempre a la vuelta de pocos minutos.

Fue entonces que relacionó a esa muchacha con la que vio en la calle Infanta y con la frase que dejó oír el sujeto despreciado. Concluía Enrique Jorrín: «Esta es la verdadera historia de La engañadora. Hay quien cree que la escribí porque vi a una persona con relleno y no fue así».

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