Historias curiosas del Cementerio Colón: las tumbas del amor y la fidelidad

Historias curiosas del Cementerio Colón: las tumbas del amor y la fidelidad

El cementerio Cristóbal Colón guarda curiosas historias que asombran a quienes se acercan en busca de ellas. Comentamos dos de esas que sorprenden porque han logrado trascender al tiempo y la muerte.

La tumba del amor

Un profundo y sincero amor los unió en vida. Él le guardó fidelidad hasta el último de sus días. Se trata de Margarita Pacheco Alonso y Modesto Canto Menjibar, una pareja que inspira a quienes se llegan a donde reposan sus restos. Ella murió en 1959, con apenas 39 años. Divorciada de su anterior esposo, quien la maltrataba, encontró en Modesto el amor.

Él la sobrevivió veinte años y durante todo ese tiempo, día tras día, visitaba el lugar donde ella reposaba. Músico y escultor, creó el busto de Margarita y el suyo propio en espera de que llegara su momento para el reencuentro. En 1977, tras su deceso, quedó grabado el epitafio:

“Bondadoso caminante: Abstrae tu mente del ingrato mundo unos momentos y dedica un pensamiento de amor y paz a estos dos seres a quienes el destino tronchó su felicidad terrenal y cuyos restos mortales reposan para siempre en esta sepultura, cumpliendo un sagrado juramento. Te damos las gracias desde lo eterno. Margarita y Modesto.»

El cementerio Cristóbal Colón guarda curiosas historias que asombran a quienes se acercan en busca de ellas. -bloggera.com

 

La tumba de la fidelidad

La siguió hasta su última morada. Ella había llegado a Cuba proveniente de los Estados Unidos en el año 1866. Fundó en el país el Bando de Piedad, una organización de beneficencia con la cual realizó labor de caridad hacia la protección de animales domésticos, mujeres desvalidas y viciosas, niños desamparados, huérfanos y personas pobres en sentido general.

Al morir a los 65 años, día y noche la acompañó, sentado frente a su tumba. Dicen que le brindaban comida pero se negaba comerla una y otra vez hasta que también él dejó esta vida.

La fidelidad, que tanto impresionó a quienes supieron del suceso, llevaron a que el escultor cubano Fernando Boada creara las esculturas que hoy están colocadas en el lugar: de un lado la de Jeannette Ford Ryder; a sus pies, fiel hasta después de su muerte, la del su perro Rinti.

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