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El valiente rescate del cadáver del Padre de la Patria, Carlos Manuel de Céspedes, un hecho olvidado por la historia cubana

En la oscuridad de la noche, bajo la lluvia y alumbrados solo por la luz de los relámpagos, seis hombres se mueven en total silencio por el cementerio de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba.

No son seres escapados de sus tumbas, sino patriotas que decidieron rescatar los restos de Carlos Manuel de Céspedes, Padre de la Patria, inhumados poco antes en una fosa común.

Ha muerto el primer Presidente de la República de Cuba en Armas abandonado por sus compatriotas. Depuesto de su cargo por la Cámara de Representantes con el apoyo de 3 000 hombres al mando del mayor general Calixto García, en el primer golpe de Estado que registra nuestra historia, lo humillan primero obligándolo a moverse a la saga del nuevo gobierno y de Cámara hasta que, sin escolta ni protección especial alguna, lo confinan en el caserío de San Lorenzo.

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Quiere el entonces capitán José Lacret Morlot, prefecto de la zona, proteger de alguna manera al ex mandatario, y monta guardia nocturna en torno al bohío que habita. Poco dura ese empeño. Cuando el coronel Benjamín Ramírez Rondón, que había sido jefe de la escolta de Céspedes, asume la jefatura de la Brigada de Cambute y de la región donde se halla San Lorenzo, uno de sus primeros actos fue el de acudir al lugar y desarmar al capitán Lacret. Allí, una mañana, sorprendió al Iniciador una tropa española del Batallón de Cazadores de San Quintín. Intercambió Céspedes disparos con el enemigo. No se dejaría coger prisionero. Herido de bala, cayó por un barranco «como un sol que se hunde en el abismo».

Ahora seis hombres se empeñan en rescatar de la fosa común sus restos a fin de evitar que se pierdan para siempre. Encabeza el grupo Calixto Acosta Nariño, corresponsal secreto de Céspedes en Santiago de Cuba, que había visto su cadáver cuando lo expusieron en el Hospital Civil de esa ciudad. Lo conforman Luis Yero Budén y José Navarro Villar. Hay también tres negros en el grupo. Pero sus nombres lamentablemente no quedaron recogidos en la historia.

Cavan en la fosa, identifican y extraen el cadáver del ex Presidente y lo llevan a un lugar seguro, donde después se erigiría el panteón de quien, en una carta a su esposa, Ana de Quesada, redactó su propio epitafio: «En cuanto a mi deposición, he hecho lo que debía hacer. Me he inclinado ante el altar de mi Patria en el templo de la ley. Por mí no se derramará sangre en Cuba. Mi conciencia está muy tranquila y espera el fallo de la historia».

Primera tumba de Carlos Manuel de Céspedes, en una fosa común.

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