Carlos J. Finlay: El hombre que alcanzó el horizonte

Carlos J. Finlay: El hombre que alcanzó el horizonte

Carlos J. Finlay, como transcendió en la historia, pues realmente fue bautizado como Juan Carlos, nació en Puerto Príncipe el 3 de diciembre de 1833, y se hizo acreedor de la gratitud universal, no sólo por su trabajo en relación con la fiebre amarilla, sino porque también descubrió y solucionó el terrible problema del tétanos infantil. Nació en Puerto Príncipe (actual ciudad de Camagüey, en la provincia del mismo nombre) el 3 de diciembre de 1833. Su nombre de pila era Juan Carlos, pero firmaba «Carlos J.». Su padre fue el doctor Edward Finlay y Wilson, médico inglés, natural de la Ciudad de Hull, condado de Yorkshire y su madre, Marie de Barrés de Molard Tardy de Montravel, de origen francés, natural de la isla de Trinidad.

El fundador de la microbiología, luego de sufrir virulentas burlas de seres incapaces de imaginar la letalidad de microscópicos organismos, había logrado demostrar su teoría sobre los gérmenes como causantes de enfermedades (patógenos), inventar el proceso que lleva su nombre y hasta desarrollar vacunas contra varios padecimientos, incluida la rabia. Pero la fiebre maligna se le escapaba hacia una inhóspita tundra de la medicina.

Hasta que el 14 de agosto de 1881 un caballero de 47 años, el cubano Carlos J. Finlay, venciendo su tartamudez, tomó venganza por Pasteur al explicarle al mundo el Alfa y Omega de una teoría suya, sobre el proceso de transmisión de esa enfermedad infecciosa, no contagiosa, potencialmente epidémica, causada por un virus y caracterizada frecuentemente por fiebre alta e ictericia.

Hizo más: con su índice acusó como responsable al mosquito Culex fasciatus, hoy conocido como Aëdes aegypti, una especie semidoméstica cuya hembra, al picar a un humano para cebarse con su sangre, inyecta en la herida un poco de su fluido salivar y con este deposita el germen. Vaya beso de la muerte…
Vómito negro, fiebre jaune, tifus amarillo, peste hemogástrica… varios calificativos describían un mismo miedo. Plaga, pestilencia, fiebres malignas, la consideraron los colonizadores llegados a Santo Domingo y a Tierra Firme. En México la aborrecían con el nombre de cocolitzle. Para los mayas era el xekik (vómito de sangre, que “no parece verdadera sangre, sino como un líquido mezclado de hollín”) y para los caribes, poulicantina.

Desde 1868 llevó a cabo importantes estudios sobre la propagación del cólera en La Habana. Sus estudios mostraban que la propagación del cólera se realizaba por las aguas de la llamada Zanja Real, probablemente contaminadas por los enfermos en las fuentes mismas de donde se surtía aquel primitivo acueducto descubierto. Esas investigaciones epidemiológicas de no fueron publicadas entonces debido a la rígida censura de tiempos de guerra establecida por las autoridades coloniales. Se temía que la diseminación del cólera se atribuyese a la desidia del gobierno colonial. Sin embargo, la Real Academia de Ciencias de La Habana logró publicar este importante trabajo de en 1873, cuando ya había pasado la epidemia. En 1872, fue elegido Miembro de Número de la Real Academia de Ciencias Médicas, Físicas y Naturales de La Habana, y en 1895, Miembro de Mérito. Se desempeñó como Secretario de Correspondencia (a cargo de las relaciones internacionales) de esa institución, por espacio de casi 14 años

Desde las primeras décadas del Siglo XIX, un buen número de médicos había descartado que la fiebre amarilla se trasmitiese por contagio directo (es decir, por contacto con un enfermo o con sus secreciones, excreciones o pertenencias). Predominaba la versión anticontagionista de este mal, la cual lo atribuía a ciertas condiciones del medio natural o a la presencia de un «miasma» (algo así como efluvio contaminante).

Finlay, y su único colaborador, el médico español Claudio Delgado y Amestoy, realizaron, entre 1881 y 1900, una serie de experimentos para tratar de verificar la trasmisión por mosquitos. Llevaron a cabo un total de 104 inoculaciones experimentales, provocando al menos 16 casos de fiebre amarilla benigna o moderada (entre ellos uno muy «típico») y otros estados febriles, algunos no descartables como de fiebre amarilla, pero de diagnóstico impreciso.

En 1901, Reed dirigió una serie de meticulosos experimentos que reafirmaban la función del mosquito Aedes aegypti como agente trasmisor. Reed trabajó dentro del paradigma (como se diría en términos modernos) formulado por Finlay, y con la especie de mosquito identificada por éste. En realidad, se limitó a comprobar de manera rigurosa la teoría del científico cubano. Sin embargo, de algunas cartas escritas por Reed se deduce que llegó incluso a convencerse de que era no ya el (segundo) verificador, sino el autor de la teoría claramente formulada por Finlay veinte años antes, y se refería a ella como «mi teoría». En los Estados Unidos se elevó a Reed, injustificadamente, al rango de “descubridor de la causa de la fiebre amarilla”, sobre todo después de su fallecimiento en 1902, causado por una peritonitis.

Resultados

En realidad, ni siquiera después de los experimentos de Reed se dio universal crédito a la teoría del mosquito, por cuanto no se había logrado probar que Aedes aegypti era el único portador posible. La función de este mosquito quedó demostrada convincentemente, no por los experimentos de Reed, sino con la virtual eliminación de la fiebre amarilla en La Habana en 1901, como resultado de una campaña dirigida por el médico militar estadounidense William Gorgas.

Las medidas aplicadas se basaban en las recomendaciones formuladas anteriormente por Finlay, por lo que su éxito resultó ser, a fin de cuentas, la demostración más palpable de que su autor había tenido razón. Así lo reconoció el propio Gorgas en carta que dirigió a Finlay años más tarde, desde Panamá, donde también puso en práctica las medidas propuestas por el médico cubano lo que posibilito terminar el Canal de Panamá, una placa en el propio Canal reconoce la contribución del Dr. Carlos J. Finlay en el éxito de esta magna obra.

Falleció en La Habana el 19 de agosto de 1915.

 

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