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Boris popoff: el hombre de la dentadura de acero

Nadie niega que Boris Popoff, un cirquero natural del poblado habanero de San José de las Lajas, bien hubiera podido aparecer en el Guinness World Records.
Vidas estrambóticas han existido a montones en Cuba. Sin embargo, nadie niega que Boris Popoff, un cirquero natural del poblado habanero de San José de las Lajas, bien hubiera podido aparecer en el Guinness World Records. El fervor de sus colosales dentelladas mereció, sin dudas, una mayor cobertura mediática. Fue un prodigio innato.

En el artículo «Boris Popoff: el Hombre de la Dentadura de Acero», publicado por Pedro Noa Romero en El Habanero, en 1989, se indica que este guajiro, nacido en 1916 con el nombre de José María Valle Artiles, tiene una escasa musculatura y es, para colmo, bien pequeño. Aun así, en los cañaverales sorprende a sus amigos pelando con los dientes cuanta caña le sale al paso y, poco a poco, va descubriendo en él cierta sensibilidad histriónica: todos los días, por las mañanas, muerde una rama, se cuelga y hace maromas en todas las direcciones hasta que el árbol de la finquita familiar cae víctima de la infeliz novatada.

Para empezar, José María enseña los dientes en una tozuda competencia de halar soga con el gigante estadounidense William Harrison, cacique de un circo que visita San José, y después de observar a Sandy Sabará levantar una mesa y hacer varios ejercicios de fuerza dental en el teatro Boffill, decide su futuro.

Un paseo por el Museo Nacional de Artes Decorativas

«A partir de ese día —le revela a Noa—, comencé a practicar el levantamiento de mesas; pero Sabará las alzaba solas, y yo fui cogiendo confianza, hasta lograr hacerlo con un vaso, una taza… Fui progresando y comencé a trabajar en el mismo teatro con un aficionado de aquí, Guillermo Fernández, en el año 1936».

Del Boffill, José María pasa a la sociedad lajera La Fraternidad, y de ahí lo catapultan hacia el capitalino Teatro Nacional, donde debuta en la obra El banquete de los dientes. En una entrevista que le hicieron en la radio local de entonces, narra:

«Yo entraba al escenario comiendo una caña que pelaba con los dientes. Llegaba el camarero y me hacía el pedido. Cuando me servían, comenzaba a comer de una manera extraña y todos los que estaban en el escenario me miraban azorados. Al rato, volvía el camarero y yo trataba de morderlo, por lo que huía inmediatamente. Pedía un palillo de dientes y, como no me lo traían, le arrancaba, de una mordida, un pedazo a la mesa y lo fabricaba. Ese era el momento en que entraba de nuevo el camarero junto a un policía y yo alzaba la mesa con vasos y platos, sin que se cayera nada, y salía del escenario con ella en la boca».

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La nota simpática de estos primeros avatares de José María se presenta en 1938 cuando George Polidor, un administrador de los espectáculos circenses de Santos y Artigas, lo bautiza como Boris Popoff, el nombre de un equilibrista ruso que se había reventado en un lúgubre teatro de Polonia. Con este nuevo nombre, es aclamado en el teatro Riviera, junto a las Hermanas Lagos, y, más tarde, en los años cuarenta, empieza a deambular por los cines de barrio de numerosos pueblos de las actuales provincias de Mayabeque y Artemisa, donde presenta su minúsculo espectáculo. Aunque, si la boletería anda desnutrida, se para frente al cinematógrafo y ejecuta su número favorito: hala con los dientes un automóvil lleno de pasajeros y deja al público atónito. Estas aventuras, como es natural, no están huérfanas de ciertos aprietos:

«¡Fue tremendo! —le contó cierta vez a Soloni, prolífero autor costumbrista—. En una de las funciones de Güines subió un estibador del central Providencia de aquella época. Hicimos una raya en el piso y yo puse una soga. Como mis pies no soportaban, les pedí a tres que me aguantaran. Él con las manos y yo con los dientes, no me pudo vencer (…). Me pasó un caso, creo que fue en Guanabacoa: allí subió al escenario uno del público y yo me lo llevé y, por resentimiento, dijo que era un truco, pues él se había arreglado conmigo».

Soloni precisa que por aquellos tiempos conoce a uno de sus actores preferidos: Enrique Arredondo, a quien está a punto de arruinarle el show.

«Arredondo llegó por la tarde, porque tenía una presentación en el teatro Boffill, y al ver tanto público reunido en el centro del pueblo, preguntó qué había ocurrido, y le respondieron: “Hay un vejigo llamado Boris que está halando dos vehículos con sus pasajeros y todo”. Y él dijo: “Bueno, si ese está haciendo eso ahí gratis, ¿qué será de mi función?”. Por suerte para él, se equivocó, logró un lleno total. Cuando terminó su programa, nos sentamos a conversar sobre béisbol.  Desde ese día fuimos excelentes amigos».

Tras protagonizar un corto de Amado Alonso visto en toda Cuba (Pastor Vega lo incluye en su documental histórico ¡Viva la República!), Boris Popoff, el Hombre de la Dentadura de Acero, se retira en 1956 para dedicarse hasta su muerte a los trajines gastronómicos, los cuales alterna con sus pesquisas de siempre sobre la historia del béisbol en su San José. Solo le queda la nostalgia del día en que reúne a miles de seguidores delante del viejo café-bar lajero Alameda y, con sus muelas de granito, mueve nada menos que una guagua. ¡Casi mata del susto al propietario del negocio rival!

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