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Corridas de Toros en La Habana colonial

¿Sabías que en el terreno que hoy ocupa el Hospital Hermanos Ameijeiras en el capitalino municipio de Centro Habana existía en tiempos de la colonia una Plaza de Toros? Pues sí, hubo una época en que quitrines y volantas (ambos carruajes) se dirigían los días de corrida por la calle Belascoain hasta llegar al emocionante sitio, apretándose en épica confusión.

Incluso, bajo el ardiente sol tropical los españoles siguieron disfrutando de una de sus distracciones favoritas. En los certámenes lidiaban a muerte alrededor de seis toros y se aplicaban banderillas de fuego a aquellos animales que no demostraban su coraje.

Carteles anunciaban el torneo en el que la concurrencia era básicamente masculina ,pues sólo algunas mujeres de la rancia aristocracia española o criolla ocupaban algún asiento en los palcos. Dada la señal, comenzaba la corrida con la entrada al ruedo del alguacil montado a caballo, quien portaba en alto la llave del toril. Detrás desfilaban los picadores y los banderilleros.  

Como en cualquier plaza de toros de España aunque más  “a lo cubano”,   el momento de mayor expectación lo constituían la salida al ruedo de  los matadores o espadas, algunos   ya muy conocidos por sus hazañas en la arena española. Como colofón, tres mulas enjaezadas con telas de vistosos colores, campanillas, flecos y borlas, guiadas por los muleteros, arrastraban a los toros muertos fuera del ruedo.

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Y todo terminaba cuando el ardiente sol casi comenzaba a ponerse y el farolero encendía las tenues bombillas de La Habana. -orryvacaiones.com

El sistema de duelo era prácticamente el mismo que en la metrópoli: los banderilleros llamaban la atención del toro   con capotes rojos y, cuando aquel se enfurecía , salían a escape; el picador pinchaba al toro con la punta de la pica y este rejuego era repetido una y otra vez hasta que el alguacil anunciaba con el clarín la entrada del matador, quien llevaba en su mano izquierda el capote rojo y en la derecha una hoja de acero que brillaba  como su traje de luces; el espectáculo sigue hasta que atraviesa al cuadrúpedo con la espada.

Y todo terminaba cuando el ardiente sol casi comenzaba a ponerse y el farolero encendía las tenues bombillas de La Habana.

Por: Alejandra Angulo Alonso

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