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Un animador imprescindible en la historia del Béisbol Cubano

Vamos a conocer a un hombre que no fue atleta pero que hizo corear a multitudes enloquecidas por el deporte. No fue mago pero hizo magia desde su asiento del Estadio Latino Americano, siempre sentado entre jon y tercera. Su verdadero nombre era Armando Luis Valdés Valdés, apellidos otorgados en la Casa de Beneficencia y Maternidad, lugar donde creció.

Había nacido en 1939 y nunca se supo quiénes fueron sus padres. Según testimonio de uno de sus hermanos de crianza, Santiago Valdés Valdés, Armandito era sencillo y algo introvertido, siempre evitaba las broncas para que no le fuesen a dar un “leñazo” y en la casa Valdés el único deporte que practico fue el futbol, jamás la pelota.  Una anécdota a propósito de su apellido Valdés, otorgado a todos los que crecían en esa famosa casa de beneficencia, cuenta que cuando fueron a hacerle la licencia de conducción escribieron mal su nombre. En vez de plasmar su Valdés Valdés escribió, una entretenida oficinista, Torres Torres y de ahí en adelante, y toda su vida, siempre tuvo la confusión de que aun siendo criado como Valdés de pequeño en muchos documentos oficiales, sitios web e inclusive en la tarja oficial en su memoria que está en el Estadio Latino Americano aparece como Torres Torres.

Al triunfo de la revolución cubana se fue para la Sierra Maestra y se convirtió en Jefe de la Brigadas del Plan de los Cinco Picos. Luego paso a trabajar en el Ministerio del Interior como chofer de un vehículo de comida y empezó a vivir en el Barrio Buena Vista, en el municipio habanero de Playa; en un cuarto que compartía con dos hermanos de la casa de beneficencia. Trabajo también en Güira de Melena, manejando tractores y le decían Armando “Bateo”. En 1970 se incorporó a la Tintorería “La Cubana”, como responsable del servicio de plancha, así nació su un mote que marcaría su vida: El Tintorero.

Quienes lo conocieron lo describen como una persona muy carismática, espontánea y respetuosa, aunque quizás en determinados momentos a los equipos rivales de su amado Industriales les pareciesen ofensivas algunas de las cosas que le gritaba desde las gradas. Pero lo cierto es que era una persona querida, nadie puede negar que en Cuba Armandito no solo fuera un símbolo de Industriales sino del beisbol cubano y de sus aficionados. Un hombre de constitución menuda que era capaz de organizar un estadio entero, repleto de espectadores, para hacer sus famosas “olas”.

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Santiago, uno de sus hermanos, contaba que cuando Armandito regresaba a la casa, tras un partido de beisbol, llegaba extenuado y prácticamente sin voz. Esa fue su única gran pasión, nunca se casó ni tuvo hijos. En 1999 presidio la comisión de embullo que viajo a los Estados Unidos y que acompañó al equipo cubano en su victoria contra los Orioles de Baltimore.  Según Julita Osendi, afamada periodista cubana especializada en temas deportivos, hablar del fanático cubano es hablar de Armandito el tintorero.

Siempre sentado por el left field, guiaba a la grada a favor de su equipo Industriales, del desaparecido equipo Metropolitanos y del equipo Cuba. En una de esa arengas a favor de los leones capitalinos, mientras su equipo se enfrentaba a Pinar del Rio y el picheo del gran Pedro Luis Lazo en uno de los juegazos de su vida, Armandito se apareció con un gorila de peluche y le puso una camiseta con el número 99; ese número era el mismo que usaba Lazo en su dorsal. A Pedro Luis no le hizo ninguna gracia, pero todos los aficionados industrialistas que estaban allí lo disfrutaron y rieron con la ocurrencia. Al final del partido Lazo tomo el gorila y lo beso, algo como eso solo podía lograrlo alguien tan querido como Armandito que aun machacando a sus rivales tenía el respeto fuera del terreno de todos ellos.

En agosto del año 2004 murió de cáncer, tenía solo 64 años. Un hombre que hizo del beisbol parte de su vida y sin proponérselo llegó a convertirse en un símbolo de este deporte en Cuba. Lo mejor que tenía era la emoción de quien hace una cosa pero realmente por amor de realizarla. Nunca fue designado por nadie para ser el animador del equipo Industriales, siempre lo hizo porque lo sentía y eso lo convirtió en un líder natural dentro del Estadio Latino Americano. Por eso allí queda una escultura, que develara el gran pelotero Pedro Chávez, en el mismo año de fallecimiento y que lo recuerda como el aficionado número uno. Ese que siempre permanece cuando las luces del estadio se apagan, con escoba en mano soñando a su equipo.

La estatua que inmortaliza a Armandito «el Tintorero» ya es un símbolo en el Latino

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